Medición de pobreza: un debate desviado

La pobreza en Colombia ha sido tradicionalmente medida por el método del ingreso.

El procedimiento, a grandes rasgos, consiste en calcular dos canastas de consumo: una de indigencia, que incluye únicamente bienes de alimentación, y otra de pobreza, en la cual se adicionan bienes básicos como un lugar dónde vivir y los medios para transportarse. Estas canastas se definen en el país a partir de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos. Hasta el reciente anuncio del DNP, la encuesta que se utilizaba era del 1993, ahora los cálculos se ajustaron a unas mediciones adicionales que permitió la encuesta de 2006. Entre los avances notables de los cambios en la metodología se encuentra, primero, la canasta de referencia —antes ésta se calculaba con los bienes que consumen las personas pobres, ahora el cálculo se hace con los bienes que consume la clase media— y, segundo, la mejora en el reporte de ingresos: por miedo o desconocimiento las personas decían recibir menos de lo que en realidad ganaban y, en agregado, el desfase rondaba alrededor del 50% del PIB.

La nueva medición, sin embargo, redujo el valor de la canasta de consumo para que un colombiano sea considerado pobre. Este hecho, producto de los resultados de la encuesta de 2006, llevó al vicepresidente Garzón a saltar a los medios y retar públicamente a los técnicos encargados del índice. “No sé en qué planeta viven”, aseguró, y ofreció dinero propio para realizar su experimento: una persona no puede vivir con $190.000. No obstante, el que parece estar en el planeta equivocado es el vicepresidente y por varios motivos. Primero, porque el cálculo se hace por hogar, no por persona, básicamente porque en un hogar todos comen pero no todos ganan; el ingreso debe dividirse y se ha dividido siempre en este tipo de cálculos. Segundo, lo que importa no es el valor sino el desempeño de los indicadores: con la antigua metodología en 1993 el 45% de la población estaba debajo de la línea de la pobreza y hoy el 41.9%. Con la nueva metodología las cifras son 42% y 38.6%. ¿Qué es lo importante? Que hubo un descenso de tres puntos en ambas metodologías. ¿Debemos celebrar? No. Nuestros indicadores siguen siendo impresentables.

Pero la pifia más grande del vicepresidente es no entender que la medición no elimina la pobreza, sino que sirve para orientar las políticas públicas de forma que éstas lleguen a los más vulnerables, por lo que tiene sentido, precisamente, identificar a los más vulnerables. Y tiene sentido, además, identificar los aspectos más vulnerables. Es una verdadera lástima, tanto por el avance en la medición como por las duras realidades que nos está mostrando, que el Índice Multidimensional de Pobreza esté siendo ignorado, pues este indicador —para el que se hizo una encuesta adicional y complementa el primer índice— entiende que la pobreza no sólo se mide en ingresos. Sin duda, no es lo mismo que una familia se gane $1 millón y tenga salud, educación, servicios públicos y vivienda, a una que se gane el mismo millón y no los tenga. El deber del Estado no es sólo generar más empleo de calidad, sino generar más vida de calidad.

Por eso lo que ofende no son las típicas intervenciones populistas del vicepresidente sino que por sus escenificaciones el país esté poniéndole atención al escándalo equivocado. Son los resultados del Índice Multidimensional de Pobreza, y no la línea del Índice de Pobreza, los que deberían estarse llevando los titulares. Y, entre otras, quien debería estar en el paredón no es el DNP —o por lo menos no por ese motivo— sino las políticas del Ministerio de Vivienda. El gran talón de Aquiles del país, y por lo cual más se deteriora la calidad de vida de los colombianos, es porque los más pobres construyen en invasiones, se asfixian con usureros y ni siquiera son dueños del lugar que ellos mismos levantaron. El DNP mostró que más que la educación y la salud, la falla silenciosa está en la vivienda de interés social. El déficit es inmenso, pero el vicepresidente decidió que era más taquillero disgustarse con una línea cuyo valor —si no se manipula en su presentación, claro— es estrictamente investigativo.