Mejor seguir

El martes pasado se inició la decimosexta ronda de diálogos entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las Farc.

No parecen ponerse de acuerdo en el segundo punto de la agenda: la participación en política, piedra angular en todo este proceso de negociación, ya que buena parte del posconflicto depende de él. Dice el Gobierno que hay un 80% de ese segundo punto, lo que quiera que eso signifique. Lo cierto es que sobre estos diálogos se ha tendido en el último tiempo un manto de incertidumbre que es apenas razonable: la lentitud ha hecho su trabajo. Sin embargo, insistimos, esta es una oportunidad que, por más cansancio que haya de parte y parte, debe aprovecharse hasta el último minuto.

Muchos son los factores que han vuelto lento el proceso: está, por supuesto, el fundamental, que es el punto en discusión. Ante él hay que decir algo obvio —aunque no sobra recordarlo—: hay que ceder. No van dos actores en conflicto a una conversación a tratar de imponer su visión de las cosas, sin pensar en el interés genuino del otro. Y si bien le han bajado, ambos, a su optimismo desmesurado del principio, mucho de lo que hablan por fuera de la mesa da a entender que siguen echando culpas y considerándose, cada uno, como vencedor.

Claro que un punto como el de la participación en política es delicado, y hay que dedicarle tiempo a su discusión (tanto las garantías políticas como la impunidad son temas gruesos, delicados), pero no puede quedarse encerrado en el círculo vicioso de las opiniones impuestas. La transacción es necesaria. Esperamos que ese avance del 80% sea una realidad y que pronto se puedan discutir otros temas de los que ya, de manera desordenada, se está hablando.

Mucha de la culpa, ya por fuera de la negociación, se le atribuye al hecho de las elecciones que vienen para el otro año. Que el presidente tiene afán, dicen las Farc. Se ha llegado al extremo nada conveniente de pensar en refrescar la negociación por medio de su suspensión temporal: hay que darle un no rotundo a esta posibilidad.

El representante del Gobierno, Humberto de la Calle, ha dicho que esta propuesta aún no se ha discutido en la mesa. Mejor. Que ni se discuta. Nada le podría hacer más daño al proceso que eso: se volvería más lento, la incertidumbre reinaría, sería una muestra de poca seriedad. Una bandeja de plata servida a quienes, desde Bogotá, se oponen a él. No. Hay que seguir a ver a dónde nos lleva el camino de la negociación. Además, una cosa tan importante, como lo es un proceso que pondría fin a un conflicto de cinco décadas, debe aguantar una elección. Incluso un cambio de gobierno. Ahí es donde se verá (no en las encuestas) qué tanto Colombia quiere esto.

El otro punto fundamental es el de la refrendación popular de lo acordado. Ya pasó el último debate en el que el Congreso debía aprobar el proyecto de ley que permitiera la realización de un referendo para darle el respaldo social al proceso. A la hora de escribir estas líneas la aprobación parecía inminente. De ser así, de convertirse este proyecto en ley, más razones hay para seguir avanzando a todo vapor: ya los representantes de los partidos políticos viajarán a Cuba para dar el apoyo a las reformas establecidas.

Las Farc deben entender, eso sí, como lo dijo el senador Juan Fernando Cristo, que los colombianos no piensan esperar años enteros para la solución de un conflicto. Y si bien sus tiempos son largos y distintos a los del Gobierno de turno, deben ponerse en los zapatos de su contraparte.

Que siga el proceso, entonces. Que revisen y engrasen la metodología, si quieren. Pero que se entreguen resultados.