Nigeria pide a gritos ayuda contra la opresión

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El video es estremecedor. En medio de la oscuridad, por el alumbrado público que se apagó de repente, se escucha a varias decenas de manifestantes entonar el himno de Nigeria, en su capital, Lagos. Luego, empiezan los disparos. Los protestantes no se detienen en su canto, pero el video se corta. Por otras publicaciones en redes sociales, nos enteramos de que personas, con camuflaje militar, les dispararon de frente y dejaron por lo menos a diez personas muertas, aunque los estimados llegan mucho más arriba. Una masacre en medio de los intentos de los nigerianos, especialmente los jóvenes, por lograr que se lleven a cabo reformas policiales.

Nigeria es un país de fuertes contrastes. Pese a ser la economía más grande de África (pasó a Sudáfrica el año pasado), esto no ha servido para atacar la desigualdad social. Hay una gran diferencia entre el norte del país, en donde han pululado guerrillas y terroristas extremistas como el grupo Boko Haram, y el sur, que ha contado históricamente con más recursos, pues allí están las zonas petroleras. Según datos de la BBC, el 60 % de los 200 millones de personas que viven en Nigeria tienen menos de 24 años. Además, el 40 % de los nigerianos viven en la pobreza. Mezcla angustiosa para la estabilidad de cualquier país, que además deja entrever la falta de oportunidades y la corrupción que se ha denunciado.

Hace poco más de dos semanas, los nigerianos se tomaron las calles del país bajo un lema que se volvió viral en el mundo: #EndSARS. Se refieren al Escuadrón Especial Antirrobos (SARS, por sus siglas en inglés), una unidad de la Policía dedicada a los crímenes violentos. Un video muestra cómo miembros del SARS asesinan a un joven, lo que desató la indignación. También han circulado denuncias en redes sociales que involucran asesinatos, violencia sexual, extorsión y corrupción ligada al Escuadrón. No es la primera vez que ocurre: en el pasado, el SARS ya había sido creado y eliminado bajo las mismas denuncias. En un país con institucionalidad frágil, es una constante que las fuerzas militares sean vistas con desconfianza y recelo.

Lo distinto, esta vez, es que las protestas se han mantenido. El presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, decidió eliminar el SARS y dijo que es “solo el primer paso en nuestro compromiso de llevar a cabo reformas policiales”. Sin embargo, observadores expertos y los mismos protestantes han dicho que se trata de un cambio cosmético. Con la disolución del SARS se anunció la creación de una Unidad Táctica Especial de Respuesta (SWAT, por su sigla en inglés), por lo que ahora los manifestantes están proponiendo #EndSWAT como su motivo para tomarse las calles.

Esa desconfianza no es gratuita. El 20 de octubre ocurrió la masacre descrita al principio. Amnistía Internacional dijo que tenía “evidencia creíble de uso excesivo de la fuerza, ocasionando la muerte de manifestantes”. Además, en últimas los reclamos son mucho más profundos que una simple reforma policial. La juventud nigeriana está cansada de un país con tanta riqueza incapaz de atender la desigualdad y de la opresión disimulada del gobierno. El mundo debe posar los ojos sobre el país para que no se sigan presentando abusos y para empoderar a quienes insisten en manifestarse en paz.

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