No hay “opción militar” en Venezuela

/ Foto: AFP

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sigue encontrando maneras de que su irresponsabilidad y su ligereza al soltar declaraciones perturben al mundo entero. Al decir, el viernes pasado, que no descarta la “opción militar” para lidiar con la crisis en Venezuela, empeoró una situación de por sí ya muy compleja e hirió los esfuerzos de los países de la región por llegar a una solución democrática y pacífica. El rechazo contundente que se ha escuchado en América Latina es la única respuesta ante la actitud del mandatario.

Tal vez el aspecto más frustrante de la situación es que, conociendo cómo funciona la Casa Blanca trumpiana, el comentario del presidente fue improvisado, sin tener en cuenta sus implicaciones. Distraído por las tensiones crecientes con Corea del Norte, también por culpa de sus palabras desmedidas, la pregunta por Venezuela lo encontró en un modo guerrerista. No podía esperarse, entonces, un comentario distinto.

Después del escándalo, la Casa Blanca publicó un comunicado diciendo que el presidente venezolano, Nicolás Maduro, intentó comunicarse con el mandatario estadounidense, pero que se negarán a cualquier tipo de conversación mientras no se restablezca la democracia en Venezuela.

Ese tipo de presión, junto con las sanciones que ya había adoptado Estados Unidos, es lo único que funciona para asfixiar a la dictadura del vecino país. Amenazar con fuerza militar es alimentar el discurso del “antiimperalismo yanqui” y arrojarle un salvavidas a Maduro y compañía. Si tienen un enemigo externo contra el cual defenderse, será mucho más difícil para la oposición y para los países de la región obtener resultados que solucionen la crisis.

José Miguel Vivanco, de Human Rights Watch, lo resumió muy bien en su cuenta de Twitter: “desde que Chávez lo nombró su heredero, nadie le había hecho un regalo tan grande a Maduro como la estupidez que dijo hoy Trump”. Estamos de acuerdo.

La reacción de los interesados en la democracia venezolana fue la adecuada. La Mesa de la Unidad Democrática (MUD), que acopla a todos los partidos de oposición venezolanos, publicó un comunicado de prensa donde dice que “la soberanía es indivisible” y rechazando “la amenaza militar de cualquier potencia extranjera”. El sábado pasado, la Cancillería colombiana hizo lo propio, expresando que el país rechaza “medidas militares y el uso de la fuerza en el sistema internacional. Todas las medidas deben darse sobre el respeto de la soberanía de Venezuela a través de soluciones pacíficas”.

Pese a la ligereza de quienes piden intervenciones militares en el país vecino (no ha faltado, en la derecha colombiana, quien abogue por un golpe de Estado), los países de la región y los miembros de la oposición están apostando por una salida diplomática a la crisis. En últimas, la idea es que sólo los venezolanos pueden tomar las decisiones sobre su país. La entrada militar de Estados Unidos ya ha demostrado su ineficiencia, y su poder desestabilizador, en múltiples ejemplos a lo largo y ancho del mundo.

Por supuesto, el problema vuelve a Trump. Sus palabras están fomentando tensiones, no sólo en el mundo, sino dentro de su país. Su respuesta a la tragedia de Charlottesville, donde protestas de ultranacionalistas racistas culminaron en un ataque terrorista, puede leerse como que le está restando importancia al hecho.

Ya hay suficiente ilustración de lo que ocurre cuando a la incompetencia se le otorga tanto poder. Los demócratas de la región deben maniobrar alrededor de sus declaraciones y mantenerse enfocados en el único objetivo: desmantelar la dictadura en Venezuela.

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a [email protected].