Oír a los científicos

Atar el apoyo gubernamental a la ciencia con la idea de que ésta rinda sus frutos en el campo de la innovación —de la productividad, que es la real motivación de los gobiernos—, es un error conceptual gravísimo.

Porque la ciencia debe ser libre, de amplio ruedo, sin límites ontológicos impuestos que la perjudiquen. Cuando la investigación científica —y social— se deja al arbitrio de las ‘corazonadas’ de los científicos es que se hacen avances posteriores y a largo plazo para el desarrollo. Para eso se necesitan primeros pasos en matemáticas, en física, en química, en historia, en sociología. Esto está comprobado hasta la saciedad.

Este concepto hace parte de los muchos otros, mezclados con peticiones y propuestas, que están depositados en cuatro cartas enviadas al Gobierno Nacional por parte de los investigadores colombianos. De la comunidad científica al régimen político actual.

En esas cartas, alrededor de 1.400 investigadores de todas las disciplinas le expresan al presidente de la República, Juan Manuel Santos, las principales preocupaciones que afrontan ellos en su mundo. Manifiestan su descontento. Se suman (y son el mejor ejemplo) a esa serie de ciudadanos que han elevado sus quejas, razonadas y bien argumentadas, al Ejecutivo nacional.

Éste es tal vez el mejor ejemplo del ‘alzamiento’ de las voces: se pide al presidente “revelar su voluntad política para fortalecer a Colciencias y liderar la salvaguarda de la institucionalidad propia del sector buscando una recuperación de la confianza y la credibilidad”; hacen un llamado al Gobierno para la correcta aplicación de la Ley 1286 de 2009, llamada Ley de Ciencia; abogan por una locomotora de la investigación que tenga como prioridad este sector; plantean que, a pesar del despliegue amplio de recursos, la asignación ha sido bastante cuestionada y con métodos no tan eficientes. En fin, una serie de reclamos que el Gobierno debería atender con el mejor perfil técnico que tenga a la mano.

Hace un mes nos preguntábamos por el futuro de Colciencias, donde probablemente se condensen los avances que en el campo de la investigación se puedan dar. En esta entidad reina la burocracia, los procesos son larguísimos, la página es ininteligible y el personal es escaso. Por esto mismo es que se ahuyenta a los financiadores privados y el capital se estanca. A nivel nacional está, por ejemplo, el acceso a las regalías para la investigación, que es bastante complejo y engorroso.

Los científicos piden y proponen cosas, también, aparte de hacer reclamos: que se establezca “una política ambiciosa de ciencia, tecnología, sociedad e innovación, que cobije los diferentes aspectos relacionados con este tema, desde el apoyo de las ciencias naturales y sociales básicas, hasta la modernización de la industria y la creación de empresas de base tecnológica”. De igual forma, han planeado un foro para que se discutan los principales puntos que deben tenerse en cuenta para llevar adelante una ‘locomotora de la ciencia’.

Este es un nuevo despertar. Nunca en la historia de la ciencia de este país la comunidad científica se había levantado unida para hacer estos reclamos. Es una forma sana de ejercer presión sobre un gobierno. Pero sobre todo, es una manifestación que tiene como finalidad un objetivo loable. No hay nada más provechoso para la industria de un país que el apoyo a la ciencia.

Es por eso que el gobierno debe poner orden en la casa. Un nuevo modelo integral que facilite los procesos y que entienda la importancia de la investigación autónoma, desligada de la productividad (el error original de la Ley de Ciencia), y que pueda redundar en un mejor país, uno con fomento a la modernización de la industria. Uno con marca registrada de ciencia hecha a partir del esfuerzo de colombianos.

 

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