Otra cumbre más

El fiasco de la reciente cumbre Iberoamericana de Panamá vuelve a poner sobre el tapete el tema de la frecuencia y la utilidad de este tipo de reuniones.

La sola asistencia de doce jefes de Estado o de gobierno, menos de la mitad de los convocados, es una muestra clara de que este mecanismo tiene que pasar por una profunda reingeniería o corre el peligro de desaparecer por sustracción de materia.

¿Qué está pasando? Opiniones hay para todos los gustos. Algunos dicen que hubo una circunstancia inédita por la condición de salud de algunos de ellos, como en el caso del rey de España y la presidenta de Argentina. Otros, que la situación política y social obligó a los primeros mandatarios a quedarse en casa atendiendo los prioritarios asuntos internos. Los más descarnados señalan que por diferencias de diverso tipo con el gobierno del país convocante, en especial las ideológicas, ciertos mandatarios prefirieron hacer el feo y cancelar de antemano su asistencia, como en el caso de los países del Alba. Lo cierto es que de los 22 previstos, tan sólo diez aparecen en la foto de grupo.

La real utilidad de las cumbres puede verse como en el cuento del vaso medio lleno o medio vacío. En el primer caso se trata de una oportunidad excelente para que los máximos representantes de los estados asistentes traten los temas más importantes que les conciernen y tomen medidas que beneficien a sus pueblos. También por el hecho de que en el marco de las mismas se llevan a cabo encuentros bilaterales que permiten aclimatar problemas entre dos países o reuniones de grupos regionales. Además se hacen encuentros empresariales o de diversos representantes de la sociedad civil. Todo eso está muy bien.

En el segundo caso la crítica de fondo no va dirigida a la importancia de los encuentros en sí, sino a la excesiva cantidad y frecuencia con la que se llevan a cabo. Veamos. Reuniones de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), de la Celac y la Unión Europea (UE), de la Unión de Naciones de Suramérica (Unasur), de la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba), del Mercado Común del Sur (Mercosur), de la Comunidad Andina (CAN), del Sistema de Integración Centroamericano (Sica), de la Comunidad del Caribe (Caricom), de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), de la Alianza del Pacífico, la Cumbre de las Américas, que se lleva a cabo cada cuatro años, y las asambleas generales de la OEA, que son atendidas por los cancilleres. Lo anterior sin mencionar dos entidades caídas en desgracia: el Sistema Económico Latinoamericano (Sela) y la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi). Es decir, una epidemia de reuniones y de siglas que terminan por congestionar la agenda internacional y que, como en el reciente caso de Panamá, acusan fatiga de materiales debido al desgaste de las mismas.

En lo que respecta a Colombia, el encuentro fue provechoso. El presidente Juan Manuel Santos volvió a colocar el tema de la paz en la agenda internacional, justo en momentos en que los diálogos en La Habana parecen estancarse. De otro lado hubo reunión de los países de la Alianza del Pacífico, que sigue siendo uno de los pocos mecanismos que dan muestras de fortalecimiento y resultados concretos en materia comercial y económica. El tema con Nicaragua, que involucra a varios países de la región, entre ellos al país anfitrión, no se mencionó en esta ocasión.

Regresando al tema de fondo, el expresidente chileno Ricardo Lagos entregó en el foro un estudio que se le encargó un año atrás, para ver alternativas de reformulación de las cumbres. Es urgente una revisión desapasionada del mismo y la adopción de medidas que contribuyan a disminuir la “reunionitis “aguda”, dándole un mayor contenido a las deliberaciones. De otra manera, sigue cumpliéndose la admonición que hizo en su momento el fallecido presidente Hugo Chávez, cuando decía que mientras los presidentes se la pasaban de cumbre en cumbre, el pueblo seguía de llano en llano.

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