¿Otra opción política?

El día jueves, en el prestigioso club El Nogal de Bogotá, el expresidente Álvaro Uribe Vélez rindió homenaje al exministro Fernando Londoño Hoyos, víctima de un ataque terrorista el pasado 15 de mayo.

Londoño, por fortuna, salió casi ileso de la explosión de la bomba lapa con la que intentaron quitarle la vida en una calle del norte de Bogotá. Las acciones terroristas siguen estando a la orden del día en este país. Lamentable.

Pero la reunión no era solamente un homenaje a su vida, sino también un realineamiento de las fuerzas del uribismo llamado ‘pura sangre’. Se lanzó el llamado ‘Frente contra el terrorismo’ y su coalición: el “Puro Centro Democrático”. No muy acertado el nombre, eso sí, sabiendo quiénes lo conforman: José Obdulio Gaviria, Fernando Londoño y el mismo Uribe, representantes consagrados de la derecha colombiana.

Deberían empezar por ahí. Por aceptar que el movimiento (político, ideológico, o lo que sea, ya que son divergentes las opiniones sobre su carácter) es uno de derechas. Qué buena noticia sería para la salud institucional del país y para la honestidad y coherencia ideológica de muchos que partieran de esa transparencia para su nuevo camino político.

Ya han salido algunas voces críticas en contra de la fundación de este grupo. No entendemos por qué. Una característica clásica de un régimen democrático sano es tener un espectro amplio de partidos, una baraja de opciones que puedan hablar por la ciudadanía que representan. Cuanto más fuertes sean, mejor.

Un movimiento como éste podría, por ejemplo, ayudar a que el fragmentado Partido de la U se depure. ¿Son, al fin, uribistas o santistas? ¿A qué ideología corresponden sus proyectos? ¿Derecha? ¿Centro-derecha? No es claro. Por lo tanto, es mejor que Uribe y sus principales alfiles definan de qué se trata el asunto. Es muy probable que salgan y lo hagan. Ojalá sea pronto.

Hay que tener cuidado, sin embargo, porque el nombre de pila que decidieron darle —Frente contra el terrorismo— suena oportunista. Resulta muy dañino que el terrorismo se use para ganar adeptos políticos. Las bombas las ponen tanto los de extrema izquierda como los de extrema derecha —y oscuras fuerzas ilegales por el medio— y politizar sus efectos es igual de nocivo que ser permisivo ante él. ¿No es acaso una responsabilidad de todo ciudadano cerrar filas frente a la violencia que ataca indistintamente poblaciones de diverso tipo?

Así como muchas veces se le ha exigido (el mismo Uribe lo hizo) a la izquierda alzar la voz y manifestarse sin ambages frente a los actos de la guerrilla, es también perentorio exigir que el terrorismo no se aproveche para generar apoyos de corte electoral. Es una jugada muy baja aprovecharse de él para atacar a un gobierno o para ponerlo como bandera política.

Si se trata de hacerle oposición al gobierno de Juan Manuel Santos, por sus errores en algunas materias, bienvenidos sean, están en todo su derecho. Así podría depurarse, también, esa lucha entre personas que ya tiene cansados a los colombianos: Uribe con sus tuits, con sus discursos, con su grandilocuencia que tanto cautiva a muchos colombianos; y Santos respondiendo con indirectas, en medio de las sombras que genera la ambigüedad, pero con todo el poder mediático que acompaña a un mandatario.

Si esto ayuda de alguna manera a la política colombiana, bien sea para fortalecerse o para clarificarse, apoyamos el intento. Lo condenamos en todos sus sentidos si se trata de una guerra política que se aproveche del dolor para generar más resentimiento: harto de esto tuvimos el siglo pasado y ningún colombiano pudo sacarle provecho.

 

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