Otro atentado terrorista más

No dejar que el miedo dicte la política es difícil e, incluso, impopular en este mundo de electorados cada vez más nacionalistas.

Cerca de 600 personas de múltiples nacionalidades estaban recibiendo el 2017 en Reina, una famosa discoteca en Estambul, Turquía, que suele atraer turistas y personalidades deportivas y de la farándula, cuando un hombre armado abrió fuego indiscriminadamente. En total han muerto 39 personas, 15 de ellas extranjeras, y hay otras muchas heridas. / Foto: AFP

Sólo había pasado una hora desde el final de un año nefasto para Turquía y el mundo cuando el terror mostró de nuevo su rostro ansioso, recordándonos que la inestabilidad y la crueldad siguen al acecho y que los estados poco han logrado hacer para enfrentar una guerra difícil de combatir. Corremos el riesgo de tener otro año secuestrado por el miedo, con medidas lesivas para las libertades individuales y para los grupos minoritarios, y de que se nos agoten las palabras para contestar ante la inconmesurable maldad.

Cerca de 600 personas de múltiples nacionalidades estaban recibiendo el 2017 en Reina, una famosa discoteca en Estambul, Turquía, que suele atraer turistas y personalidades deportivas y de la farándula, cuando un hombre armado abrió fuego indiscriminadamente. En total han muerto 39 personas, 15 de ellas extranjeras, y hay otras muchas heridas.

La situación sería inconcebible si no sonase tan familiar con la masacre en la discoteca Pulse, en Florida, en junio del año pasado. Ni siquiera es inusual en Turquía, que sufrió cuatro ataques terroristas sólo en diciembre del año pasado. El 10 de diciembre, por ejemplo, dos bombas (también en Estambul) afuera de un estadio mataron a 38 personas e hirieron a otras 136. ¿Qué puede decirse ante tanta perversidad?

El repudio, por supuesto, es una reacción necesaria. No deja de ser una buena señal que el mundo, sin importar sus diferencias políticas, se una en el rechazo a la violencia irracional. Sin embargo, también son preocupantes las reacciones que vienen después de eso.

“Están trabajando para destruir nuestro ánimo nacional y crear caos”, dijo acertadamente el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, quien además prometió “mantener la cabeza fría como nación”. Pero, a renglón seguido, también prometió “hacer lo necesario para garantizar la seguridad de nuestros ciudadanos”. Desde el fallido golpe de Estado en julio del año pasado, Erdogan viene liderando una serie de iniciativas que han sido denunciadas por los críticos por limitar los derechos civiles y coartar las voces opositoras al Gobierno. Por eso, este compromiso con la “seguridad” no deja de ser preocupante: ya hemos visto en demasiadas ocasiones el miedo utilizado como excusa para limitar los derechos de las personas, con consecuencias nefastas.

Lo mismo ocurrió, por ejemplo, en diciembre pasado después de que un camión atropellara a 12 personas en Berlín (Alemania). Ese atentado terrorista, similar al atentando en Niza (Francia) en julio del año pasado, le sirvió a Donald Trump para sugerir que su plan de prohibir la entrada de musulmanes a Estados Unidos es la solución correcta para el caos. La misma Ángela Merkel, canciller alemana que se enfrenta a una dura campaña reeleccionista, ha recibido presiones para cambiar sus posturas de recepción de migrantes sirios.

La frustración es entendible. El dueño de Reina, Mehmet Kocarslan, dijo que las agencias de seguridad estadounidenses le habían advertido diez días antes de un posible ataque y, aun así, fue imposible detenerlo. Ante la impotencia, entonces, la reacción de buena parte de los gobiernos del mundo es blindar fronteras y reducir las libertades.

Pero esos cantos de sirena, además de ser inútiles para detener el terrorismo, como lo hemos visto desde el 11 de septiembre del 2001, son precisamente el triunfo que buscan organizaciones como el Estado Islámico. Si las democracias occidentales deciden cerrarse, excluir a los “otros” echándoles la culpa de lo ocurrido y traicionar sus valores esenciales, el resentimiento que quieren promover los terroristas seguirá creciendo, aumentando sus números y, por ende, perpetuando la aparición de atentados.

No dejar que el miedo dicte la política es difícil e, incluso, impopular en este mundo de electorados cada vez más nacionalistas. Pero es la apuesta que debemos seguir haciendo. Ante la maldad, ¿por qué no intentar seguir creyendo en la bondad, en la solidaridad y en la diversidad?

 

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a [email protected]

Temas relacionados
últimas noticias

La prensa libre y el temor

Redacción al desnudo - 16 de julio de 2018

La historia condenará a Ortega y Murillo