La paz, en manos de la (mala) política

Es una lástima ver a representantes del Gobierno, de la guerrilla y del No seguir empleando actitudes polarizantes que poco aportan y que prometen sabotear el esfuerzo por reinventar a Colombia.

Si no moderamos los discursos y empezamos a buscar reglas básicas de convivencia, es imposible imaginar el futuro del país sin esta dañina polarización. / Foto: Luis Robayo

Aterrizó por fin el nuevo Acuerdo de Paz ante los ojos de un país que, si bien no llega a la indiferencia, sí parece resignado a que este momento histórico también esté manchado por la soberbia de nuestra cultura política tradicional. Es una lástima ver a representantes del Gobierno, de la guerrilla y del No seguir empleando actitudes polarizantes que poco aportan y que prometen sabotear el esfuerzo por reinventar a Colombia.

Lo dijimos el domingo pasado: nos parece que, dado el contexto, la urgencia y las potestades constitucionales del presidente y del Congreso de la República, el Legislativo era la mejor opción para refrendar el pacto de La Habana entre el Gobierno y las Farc y para comenzar cuanto antes su implementación, antes de que entremos en una contienda electoral que estará marcada por los discursos que dividen.

Sin embargo, también repetimos lo que hemos dicho varias veces en este espacio: que en ningún momento el Gobierno y su coalición parlamentaria en favor de la paz pueden pretender que la refrendación en el Congreso sea suficiente para dotar de legitimidad al acuerdo. Prueba de eso es la tibia reacción de los ciudadanos a la firma del pasado jueves, a pesar de los sonoros aplausos de una audiencia convencida. La memoria cercana del plebiscito y el necesario pragmatismo del Ejecutivo crean el ambiente para que las personas vean con recelo el acuerdo y lo que se está haciendo para implementarlo.

Tampoco ayudan los mensajes que hablan, de nuevo, de que este es el acuerdo que es y punto, y las voces dentro de la Unidad Nacional que, una vez más, están estigmatizando a quienes aún se oponen al pacto. Si bien entendemos y compartimos la necesidad de avanzar, no puede ser utilizando la misma soberbia que abundaba antes del plebiscito.

El Gobierno debería explotar la claridad y transparencia que adoptó durante esta renegociación. Los videos de Humberto de la Calle, jefe de la delegación, desde La Habana fueron un buen ejemplo de cómo hablarle a una ciudadanía confundida y frustrada. Eso mismo debería hacerse, y en ese tono, para empezar a acercar a las personas a este nuevo acuerdo. De lo contrario, tememos por el futuro de lo que se haga en el 2017 una vez lleguemos a las elecciones del 2018, y no se puede correr el riesgo de echar por la borda el trabajo de tantos años.

Dicho lo anterior, también han sido abiertamente irresponsables quienes se identifican como voceros del No y están aprovechando el nuevo acuerdo para lanzar anticipadamente su campaña política. Entendemos y defendemos su derecho a plantarse en oposición, pero el lenguaje de su retórica está llegando a extremos que no tienen ninguna relación con la realidad.

Por ejemplo, ante la refrendación en el Congreso, fueron sorprendentes por su incoherencia las declaraciones de parlamentarios del Centro Democrático. Paloma Valencia, senadora, tuiteó que “habrá que buscar formas de revocar el Congreso”. Daniel Cabrales, también senador, se sumó diciendo que “si el Congreso de Colombia desconoce el pueblo, este no tiene sentido que exista”. En la declaración más extraña, por su ceguera ante la evidente ironía, el representante a la Cámara Samuel Hoyos escribió que “el acuerdo con las Farc será firmado en un teatro y refrendado en un circo”. ¡Por favor!

En su afán por obstaculizar el acuerdo, estos congresistas están atacando directamente la legitimidad de la institución a la que pertenecen y están promoviendo sin un atisbo de duda la idea de que el acuerdo es un golpe de Estado y que en Colombia ya no hay institucionalidad. Eso es destruir la estructura del Estado simplemente porque no están de acuerdo con el Gobierno y porque ven en el extremismo un fértil mensaje electoral.

Si no moderamos los discursos y empezamos a buscar reglas básicas de convivencia, es imposible imaginar el futuro del país sin esta dañina polarización.

 

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