¿Podemos opinar?

Hace una semana, en estas páginas el escritor William Ospina publicó una columna que estremeció la opinión y despertó la indignación de un buen sector de la población que lo lee:

desde las primeras horas de ese domingo las redes sociales se inundaron de muchas palabras: desde críticas razonables y válidas hasta insultos y linchamientos verbales contra su persona.

Tiene que estar muy mal el nivel de debate en un país para que una horda de personas se dediquen por varios días a insultar a un escritor de la estatura de William Ospina por el simple hecho de que no piensa igual que ellos. Pues resulta fácil intuir que si Ospina hubiera usado los mismos argumentos pero su conclusión hubiera llegado a la opción política contraria, los insultos habrían sido vítores y aplausos. Nada raro.

En estas épocas electorales es cuando sale a relucir la verdadera naturaleza de la discusión pública en Colombia. Los debates sobre las propuestas se aplazan y la cosa pública importa poco más allá de un par de nombres. Y por defender uno de ellos, por hacer pública una intención de voto, se deslegitima al que sea. ¿No lo vemos a diario en las fibras sociales más finas de nuestra sociedad? Por apoyar a un candidato de uno u otro bando se tilda a cualquier persona de ser poco más que un incompetente, un inepto, un arrogante; muchas veces, un criminal.

¿De verdad William Ospina está cohonestando con actividades criminales por anunciar su intención de voto y describir cuál es para él, en su juicio interno, el mal menor en la política colombiana del momento? ¿De verdad lo habrá escrito por un ego sin cotas o porque, como lo han dicho incluso plumas refinadas y mentes trabajadas, le van a pagar a punta de favores burocráticos su postura política? ¿De verdad hay quienes piensan que Ospina no sabe de historia ni de política? ¿No puede, en fin, exponer sus puntos de vista sobre estos temas, así no sea popular su interpretación y acaso luzca desfasada de sus posiciones habituales?

No se trata aquí de plantear que no se deba criticar a quienes, como Ospina, lideran la opinión pública desde espacios privilegiados. Por el contrario. Todo el derecho hay de controvertirlo en su argumentación, pues eso además enriquece el debate. Pero de ahí al ataque personal porque piensa diferente, hay tamaña diferencia. Es ese tipo de censura y de falta de entendimiento lo que no permite que este país avance incluyendo toda la diversidad de posturas que lo conforman. Esa negación del otro. Esa forma de invalidar el pensamiento ajeno. Ese diálogo de sordos.

Es cierto que ha habido también respuestas con altura. Bienvenidas. Muchas fisuras tenía la argumentación de Ospina que valía la pena refutar con historia, con ejemplos, con ideas... Pero esas han sido la excepción. Poco despliegue intelectual y sí mucho insulto es lo que ha predominado en la respuesta al escritor.

¿Qué le pasa a esta sociedad colombiana que está tan llena de odio? ¿Por qué el país está tan dividido y polarizado a un extremo prácticamente invivible? Parte de la culpa reside en nuestros líderes, que son los primeros en promover esos discursos de odio. Frases hirientes y efectistas que destruyen el pensamiento ajeno son el pan que cada día comemos de su ejemplo. Y la sociedad, que mucho los critica, termina por copiarlos.

Para seguir en el ambiente electoral, esto nos lleva a una pregunta acaso más preocupante: ¿Cómo hará Óscar Iván Zuluaga o Juan Manuel Santos, gane quien gane, para congregar alrededor de su gobierno a esta sociedad tan dividida? ¿Para respetar y valorar la oposición sin destrozarla? ¿Para promover una sociedad que acepte la diferencia de pensamiento?

¿Podremos volver a opinar sin morir en el intento?

 

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