Política y terror

Trump, haciendo gala de su populismo irresponsable, acude de nuevo a la islamofobia para atacar al Gobierno.

La retórica de Donald Trump anuncia una campaña presidencial sucia. / AFP - EFE

Uno de los mejores carburantes en toda contienda política es el uso del miedo para unir voluntades en torno a un candidato “fuerte”. En Estados Unidos, justo cuando se definían los nombres de Hillary Clinton y Donald Trump como los candidatos presidenciales, reaparece el fantasma del terror tras la masacre en Orlando. Trump, haciendo gala de su populismo irresponsable, acude de nuevo a la islamofobia para atacar al Gobierno. El tono de su campaña será despiadado.

Aprovechando que el asesino reivindicó su crimen como acción del Estado Islámico (EI), el republicano picó en punta para desviar la atención. Lo cierto es que el hecho fue cometido por un desadaptado que, de acuerdo con las autoridades, actuó como un “lobo solitario” influenciado por el EI, pero no bajo su control o supervisión. No en vano el presidente Barack Obama calificó responsablemente el hecho como “extremismo autóctono”.

Trump, maestro en el uso acomodaticio y la tergiversación de los hechos, utiliza toda su artillería verbal para atacar al islamismo radical. De esta manera desvía la luz de los reflectores sobre la excesiva permisividad para la compra de armas y los millones de dólares que invierten cada año los lobistas de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) para mantener un negocio que les produce multimillonarias ganancias. El xenófobo empresario neoyorquino centra así el énfasis en algo que se vende muy bien entre el electorado de derecha: “el enemigo entre nosotros”. Cuidándose, eso sí, de explicar que su idea extrema de impedir el ingreso de musulmanes migrantes de nada hubiera servido contra un ciudadano nacido en su propio país.

¿Y a quién culpar entonces? Al ocupante de la Casa Blanca, quien hace pocos días endosó su respaldo y anunció su apoyo a Clinton. En este caso la carga de profundidad utilizada por Trump fue de grueso calibre al dejar en el aire una insinuación de graves consecuencias: que Obama “no se entera. O se entera mejor de lo que cualquier persona pueda entender. O una cosa, o la otra”. ¿La explicación? Sencilla y contundente, pues cerca del 50 % de los republicanos aún creen que el presidente es musulmán y puede estar ocultando algo a la opinión pública. Los odios de la derecha republicana hacia el primer mandatario son tan profundos que están dispuestos a creer lo que afecte su imagen. Y no es gratuito que quien ha sostenido desde hace más de seis años esta falacia sea el actual candidato republicano. Es decir, que la estrategia de la desinformación ya estaba diseñada y sólo hacía falta aprovechar la ocasión propicia para ponerla en práctica. Omar Mateen, el autor de la masacre, le dio a Donald Trump la excusa perfecta.

Mientras tanto, Clinton ha preferido obrar con prudencia, lo cual también puede tener un costo político si es percibida como blanda. Ella sabe que no puede caer en la trampa de denunciar al islamismo radical, hacia donde la está empujando Trump, porque sí. Ha dicho que no tendría ningún problema en decirlo si fuera el caso, pero que los hechos y las pruebas que se tienen a mano por parte del FBI no lo indican.

Para acabar de enturbiar el momento, el candidato republicano anunció que veta formalmente el cubrimiento de su campaña por parte del Washington Post, dado que publicó una nota en la cual destapa esta soterrada campaña de Trump para enlodar a Obama, sin querer queriendo. De “deshonesto y falso” calificó al influyente periódico, pidió la renuncia del presidente por hacerse el de la vista gorda y dijo que Clinton también debe renunciar por no hablar de islamismo radical. El miedo, como efectivo instrumento de campaña, está servido.

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