Politizados

Convengamos, en primer lugar, en que la política es necesaria como medio idóneo para que la sociedad tramite sus diferencias y tome sus grandes decisiones.

Y en ella, sin duda, todos tenemos derecho a expresar nuestras opiniones, a buscar adherentes a las mismas y, quienes a la política se dedican, a contradecir a sus contendores como opción de poder. Pero, a la vez, sería conveniente convenir en que no todas las formas de expresión, ni todas las decisiones, ni todas las opiniones deben ser permeadas o influenciadas por el juego de la política.

Esto último, empero, es precisamente lo que parece estar sucediendo en nuestro país de un tiempo para acá y lo que, de paso, obstaculiza los consensos y las grandes decisiones que la Política, con mayúscula, está llamada a concitar o a dirimir.

Ejemplos sobran. El magistrado Jorge Pretelt, de la Corte Constitucional, acude a la política como argumento para negarse a renunciar a pesar del descrédito que es para esa institución. Las personas que pasan por el gobierno de turno y se extralimitan en sus funciones, se declaran perseguidos políticos para no enfrentar la justicia. Como lo expresara recientemente Pascual Gaviria en estas mismas páginas, tanto el fiscal general como el procurador general parecen más interesados en la política que en el ejercicio de sus funciones constitucionales.

En esta politización de todo hay quienes pescan en el río revuelto. Ahora hasta los acusados de delitos que nada tendrían que ver con política, como puede ser el caso de algunos de los socios de Interbolsa, se sienten con derecho a declararse perseguidos políticos para evadir la justicia colombiana. Y lo peor es que en este ambiente no faltan quienes les crean.

Pero la politización extrema no se circunscribe a la justicia. La política ha permeado de igual manera el sector privado y la forma como los ciudadanos reaccionan en sus interacciones diarias. Y en eso el Gobierno, tanto este como el anterior, también tiene su grado de culpa. La presidencia de Ecopetrol, su junta o las de las cámaras de Comercio, para solo citar apenas un par de ejemplos actuales, se han ido convirtiendo en botines o cuotas, que no deberían ser, y quienes allí se desempeñan se ven presionados para seguir las directrices de sus jefes políticos.

En esta politización extrema del país, las declaraciones de los gremios, cuya misión es la de mantener y crear valor para sus afiliados interactuando con cualquier gobierno, son ahora también interpretadas bajo el prisma de la política. Muchas de sus cabezas son percibidas como voceros de la oposición o como adalides del Gobierno. Presidentes de gremios pasan a ser ministros o embajadores de la misma manera que exfuncionarios del Gobierno pasan a liderar los gremios, y a nadie extraña que así sea. Incluso, algunos congresistas han llegado a demandar el cambio en las cabezas de algunos gremios, otro desconsolador ejemplo de cómo la política, esta vez con minúscula, está permeando el ámbito de lo privado.

Incluso el anuncio de una visita papal al país se ha convertido en una batalla por demostrar que Francisco viene a apoyar el proceso de paz del Gobierno o que más bien viene a defender a las víctimas porque percibe que habrá impunidad. Todo en contra de la intención que han señalado todos sus voceros de querer ayudar a crear el ambiente de reconciliación que, con proceso o sin él, tanta falta nos hace, y que mientras sigamos viéndolo todo a través del prisma de la política nunca será posible generar.

Conviene pues un alto en el camino. Acordar que podemos estar de acuerdo en algunas cosas y en desacuerdo en otras. Que no todo es bueno ni todo es malo en función de quién lo diga. Este país es mucho más que Santos o Uribe. La Política como oficio nos debe llevar a avanzar, no a estancarnos ni, peor, a retroceder. Claro que podemos.

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