Pongámonos serios con el aire que respiramos

La medidas para mejorar la calidad del aire que respiramos en nuestras urbes implican costos, pero no las podemos seguir aplazando. / Foto: El Espectador

La calidad del aire va a seguir siendo un problema si los líderes políticos de las principales urbes del país no toman medidas decisivas y ambiciosas. Lo hemos sabido por décadas y aun así siguen ocurriendo situaciones como la reciente en Bogotá, donde se decretó de urgencia el pico y placa durante todo el día para reducir los índices de contaminación. ¿Estaremos, por fin, a la altura del reto?

El domingo, el secretario general del Distrito, Raúl Buitrago, dijo que “gracias al comportamiento de los ciudadanos al acatar las medidas tomadas, logramos mejorar en un 50 % la calidad del aire en Bogotá”. Además, la Secretaría de Ambiente cerró 15 fábricas en el occidente de Bogotá (ubicadas en Kennedy, Tunjuelito y Bosa) que estaban violando las regulaciones ambientales. Esto significa que es probable que la crisis actual, que forzó al Distrito a decretar la alerta ambiental, pueda superarse pronto.

Sin embargo, esta oportunidad ha servido para recordar que la contaminación es un enemigo silencioso y un problema que solo empeora con el tiempo. En nuestro país, se estima que cerca de 8.000 personas mueren cada año por la exposición a la contaminación.

La solución no es sencilla. Aunque la medida de choque adoptada por el Distrito fue restringir los vehículos y motos particulares, el problema no se agota ahí. Como le dijo a Semana el exministro de Ambiente Manuel Rodríguez, al igual que “en Medellín, el problema de Bogotá es la circulación de camiones de carga, buses y biarticulados que se mueven con diésel”. A eso se suman las fábricas que incumplen las normativas y que no son sancionadas a tiempo, en parte porque las autoridades ambientales no tienen las suficientes herramientas para realizar la vigilancia apropiada.

La licitación que realizó la Alcaldía de Bogotá para actualizar la flota de Transmilenio es un avance sin duda, aunque lo que esta crisis demuestra es que posponer decisiones más ambiciosas es cada vez más costoso en términos ambientales.

Entre el 2007 y el 2018, los vehículos con combustible diésel aumentaron en la capital en 167 %. Una carta publicada por expertos en materia de calidad del aire denuncia que la falta de control de emisiones en muchos de ellos es uno de los principales problemas.

“Es necesario”, dice la misiva, “renovar la flota de buses de servicio público (incluyendo Transmilenio, SITP y SITP Provisional) y adoptar sistemas de control y tecnologías más limpias en vehículos pesados”. Esa medida, que debe tomarse no solo en Bogotá sino en todas las grandes urbes del país, implica costos elevados. Pero no la podemos seguir aplazando.

Por fortuna, en el problema de calidad de aire tenemos el diagnóstico claro y la tecnología necesaria para enfrentarlo. Faltan los recursos, en ocasiones la voluntad política y, sí, el compromiso de la ciudadanía, pues esto no solo depende de las administraciones locales —cualquier cambio de paradigma requiere modificaciones a cómo nos transportamos y consumimos energía—. En año electoral, esperamos que este tema esté en el centro de la agenda. No podemos darle más largas al asunto.

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