Punto de partida

Después de 22 años del magnicidio de Luis Carlos Galán, la justicia por fin cierra una de las tantas investigaciones que debieron hacerse: la coautoría del asesinato.

Así sucedió cuando la Corte Suprema de Justicia, el pasado martes 30 de agosto, sentenció a Alberto Santofimio a 24 años de prisión por el delito de homicidio con fines terroristas que, a modo de coautor, cometió contra Galán. Por más que la defensa de Santofimio se queje y diga que fue algo injusto, la sentencia ya está en firme y es parte de la historia colombiana.

El caso se demoró mucho en resolverse, eso es cierto: desde que la Fiscalía decidió abrir investigación contra el político tolimense en mayo de 2005, pasando por un Juzgado del Circuito que lo condenó, un Tribunal que revocó el primer fallo, absolviéndolo, y finalmente la Corte, que selló la disputa para siempre. Cojeando dos décadas, la justicia llegó. Es un hecho: Santofimio, de acuerdo con la justicia, fue el coautor del magnicidio.

Se ha celebrado mucho este fallo. Y cómo no. La dura época del narcotráfico que azotó a Colombia durante los años 80 se llevó a grandes hombres como Galán, dejando no sólo un gran saldo de muerte, sino desinformación y teorías sueltas. Por fin una sentencia se apersona del tema y saca un resultado. De celebrar, por supuesto. Sin embargo, al igual que la familia de la víctima, creemos que esta decisión, por muy grande que se muestre, es apenas la punta del iceberg.

Esa época trágica de la década del narcotráfico le extiende una sombra muy grande a la sociedad colombiana. Lo que se sabe es muy poco. Durante esos años el negocio ilícito de drogas hizo y deshizo con todo: con brazo armado a través de algunos miembros de la fuerza pública que se dejaron corromper, con políticos a sueldo haciendo leyes favorables al régimen, con la sociedad entera encubriendo el negocio porque, como se hizo popular en un dicho, “el que no tenía untado el bolsillo, tenía untada la nariz”. Y sigue así. El narcotráfico no sólo se llevó a Galán, sino a muchos otros que trataron de aclarar las cosas: al periodista Guillermo Cano —quien a través de sus editoriales golpeaba a Pablo Escobar— o al ministro Rodrigo Lara — quien destituyó a Escobar del Congreso y denunció su vida criminal—, entre muchos otros. ¿Dónde está la verdad sobre esto? Porque Santofimio, como dijo la Corte, es un punto en todo el dibujo. Y acierta el fallo al cambiarnos así la perspectiva. Lo dice en las consideraciones de derecho: “Pablo Escobar no actuaba solo y, para atentar contra sus enemigos, era receptivo a los consejos de sus asesores políticos, entre ellos Alberto Santofimio Botero”. O sea, sólo una pequeña muestra. Uno de los tantos involucrados en una de las organizaciones criminales más grandes de este país.

El fallo, lejos de ser un punto de llegada, es la oportunidad para que se siga investigando sobre esta macabra época. La justicia se lo debe al país. Mucho más con la oportunidad que se abrió cuando los crímenes de Cano y Lara se declararon “de lesa humanidad”, haciéndolos imprescriptibles. Es decir, que no vencen términos para iniciar una investigación. No se trata de que, como no hay tiempo limitado, se dejen al azar. Hay que empezar hoy, la oportunidad es muy clara.

Compartimos las voces de aliento y sabemos que el fallo es histórico. Pero necesitamos mucho más. Santofimio es apenas una ficha dentro de un grandísimo rompecabezas que aún no se han puesto en la labor de armar. Ojalá no se vuelva esta sentencia la conclusión de un caso individual, sino el comienzo para entender el sistema criminal que se alzó ante nuestros ojos durante esos tiempos.

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