Que el reprochable paso de “Santrich” permita pasar la página

Fueron muy irresponsables quienes insinuaron que pedir el debido proceso para ‘Santrich’ equivalía a fomentar la impunidad. / Foto: Óscar Pérez - El Espectador

El país está finalmente de acuerdo: el comportamiento de Seuxis Paucias Hernández, alias Jesús Santrich, es desde todo punto de vista reprochable. Si algo ha demostrado el des- enlace de esta saga es que, desde el principio, quienes al parecer estaban en orillas distintas, discutían en realidad sobre la institucionalidad y su manera de operar. No hay voces respetables en Colombia, entre quienes han apoyado los pactos de La Habana, que justifiquen el incumplimiento de los Acuerdos o la burla a las víctimas. Si queda alguna lección, que sea esa.

Desde que se recibió la solicitud de extradición en su contra, el caso de Jesús Santrich ha sido utilizado como una muestra de la supuesta impunidad que vino con el Acuerdo de Paz. Incluso, en su renuncia, el exfiscal Néstor Humberto Martínez arguyó que el operar de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) era una afrenta al Estado de derecho. Lo que hemos visto, sin embargo, es todo lo contrario: las instituciones garantizando el debido proceso en todo momento.

Santrich recorrió casi toda la institucionalidad judicial. La JEP negó su extradición, la Corte Suprema de Justicia (CSJ) se declaró competente para estudiar su caso y el Consejo de Estado encontró que podía posesionarse como representante a la Cámara. Ahora que ha desaparecido y decidió no presentarse ante la CSJ, hay en su contra una orden de captura y una solicitud de circular roja. Eso era lo que debía ocurrir si se respetaban las reglas de juego que existen en Colombia.

Fueron muy irresponsables quienes insinuaron que pedir el debido proceso para Santrich equivalía a fomentar la impunidad. Lo que estaba en juego era demostrar que no todo vale al momento de enjuiciar a una persona. Ahora las autoridades deben cumplir con su deber de capturarlo. Y sí, será difícil porque ha desaparecido, incluso se piensa que esté en Venezuela, pero el Estado no puso en riesgo su legitimidad y eso tiene un valor superior.

Mientras tanto, el proceso de paz continúa demostrando su valía. Como muy bien dijo Emilio Archila, consejero para la Estabilización, lo ocurrido con Santrich “no se trata de ninguna condición que pueda ser extendida en otro excombatiente, la mayoría está acudiendo a la justicia, en sus procesos de reincorporación, dándoles la cara a las víctimas (...) si Santrich ha servido para algo es para mostrar lo que nadie más está haciendo”.

Como país, debemos seguir rodeando a los desmovilizados comprometidos con lo pactado y a las instituciones que hacen valer las reglas. Tiene razón Álvaro García, presidente de la CSJ, al decir que este tribunal “actuó correctamente, con toda la cautela que tiene, respetando los derechos fundamentales. A cualquier persona sindicada o indiciada de un hecho tienen que respetársele sus derechos, y así se hizo”.

La historia de Santrich, como hemos dicho en el pasado, no es inusual ni amerita tanta atención. Se trata de alguien que ha querido burlar sus compromisos y a la institucionalidad, pero él no es la paz ni tampoco un indicador del fracaso del proceso. Ahora que ha llegado a su desenlace esperado es momento de pasar la página. Hay temas mucho más urgentes que requieren la atención nacional.

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