¿Qué hacer con la economía?

La reforma tributaria más reciente se aprobó haciéndole dos promesas al país: que con ella aumentaría el recaudo y, así, se evitaría una baja en la calificación crediticia de Colombia. La lógica era la de soportar un apretón en el cinturón para enfrentar la época de vacas flacas. Casi un año después no ha ocurrido ni lo uno ni lo otro, el consumo de los hogares se redujo y las propuestas sobre la mesa para el futuro carecen de ambición y creatividad.

La firma calificadora de riesgos Standard and Poor’s (S&P) anunció esta semana que la calificación crediticia de Colombia bajaba de BBB a BBB-. Eso quiere decir que los expertos todavía apoyan la inversión en el país, pero con cautela y con el riesgo de que se siga deteriorando la reputación colombiana. En palabras de S&P, “la combinación de un crecimiento más débil de lo esperado en 2017 y la dependencia parcial de ingresos extraordinarios para compensar el bajo desempeño de la reforma impositiva de 2016 demuestran la dificultad de reducir gradualmente los déficits generales del Gobierno para cumplir con la regla fiscal de Colombia”. Es decir, el país no ha podido ajustarse a las nuevas realidades económicas globales.

Como aceptó el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, en entrevista con El Tiempo, “los ingresos tributarios han crecido al 8 % este año, por debajo de la meta de crecimiento del 12 %”, principalmente porque la economía ha crecido menos.

Para Cárdenas, no obstante, la reducción en la calificación es un mensaje para mantener la política fiscal que ha desarrollado este Gobierno. “El país asumió ya la mayor parte de las medidas necesarias para estabilizar la economía”, dijo, y no le falta razón. El esfuerzo de la administración de Juan Manuel Santos en los últimos dos años ha sido titánico para enfrentar la crisis por la reducción en los precios del petróleo y de las materias primas.

Sin embargo, este Gobierno es culpable del mismo cortoplacismo que ha dominado la política económica colombiana en la historia reciente y no tan reciente. En época de bonanza, en vez de favorecer una política de ahorro junto con una de inversión en proyectos que abran las opciones comerciales del país en el futuro, se optó por el gasto sin mayor criterio. O, más bien, con criterio político. ¿Cuánto de esa famosa “mermelada” que se repartió con orgullo en obras pomposas, pero ineficientes, no se pudo haber destinado a preparar la economía para ser menos dependiente del petróleo? ¿Acaso esta crisis no podía preverse? ¿Está el país condenado a vivir tapando huecos fiscales a costa de las empresas formales y las clases media y baja?

Acierta Cárdenas, también, al decir que S&P le pide a Colombia “que no coquetee con el populismo”, especialmente en esta época electoral. Aunque no deja de ser una posición graciosa, viniendo de la administración de un presidente que llegó a la Casa de Nariño habiendo dicho que “le puedo firmar sobre piedra o sobre mármol, si es necesario, que no voy a incrementar las tarifas de los impuestos durante mi Gobierno”, es verdad que abundan en el debate público los irresponsables que quieren aprovechar políticamente la crisis económica.

Los candidatos presidenciales deberían contarle al país cómo vamos a lograr resistir esta época y, más importante aún, crear sostenibilidad económica de largo plazo. Hablar de austeridad en época de vacas flacas, y derrochar cuando hay recursos, orgullosos de cumplir a duras penas la regla fiscal, ha sido une receta equivocada que ahora muestra sus consecuencias perversas. Necesitamos nuevas soluciones.

 

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