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hace 5 horas

Que no se repita, bajo ninguna condición

Preocupa que la Diócesis de Quibdó diga que la masacre de Bojayá se puede volver a repetir. / Foto: Mauricio Alvarado - El Espectador

Fueron 99 féretros acomodados en el coliseo de Bojayá, municipio del Chocó, los que sirvieron para una ceremonia de despedida que llevaba 17 años pendiente. Mientras los pobladores de ese territorio, víctima de una de las peores masacres en la historia de Colombia, pueden homenajear por fin a sus muertos, persiste la macabra pregunta de si están en riesgo de ver repetirse una situación similar. El país no puede fallarles.

El 2 de mayo de 2002 las Farc lanzaron un cilindro bomba contra una iglesia donde estaban escondidos civiles. El resultado fueron 99 muertos en Bojayá, una población abandonada por el Estado y presa de las peores dinámicas del conflicto armado y el narcotráfico. La debilidad de las instituciones ha sido tal, y la gravedad de lo ocurrido fue tan severa, que incluso hoy solo 72 cuerpos se han podido identificar plenamente y entregar a sus seres queridos. Pese a la labor de la Fiscalía y de Medicina Legal, persisten las deudas con la verdad y la justicia.

La masacre de Bojayá se convirtió en un triste símbolo del fracaso estatal y de la guerra que durante décadas arrodilló al país. Que ahora podamos hacer procesos de reparación, como en el caso de la despedida a los 99 féretros en el municipio, habla de la importancia de la justicia transicional, el fortalecimiento institucional y la promesa de no repetición. Aunque hizo falta el Ejecutivo en la ceremonia, los pobladores fueron acompañados por la Unidad de Víctimas, la Comisión de la Verdad, el Centro Nacional de Memoria Histórica, varias embajadas extranjeras (Francia, Noruega y Canadá) y el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. El mensaje es claro: no están solos.

Se trata, además, de un gesto con particular relevancia dado que la situación de seguridad se viene recrudeciendo. Bojayá enfrenta problemas económicos y la ausencia de oportunidades crea un ambiente propicio para los grupos armados que andan cazando reclutas. En una carta abierta al presidente de la República, Iván Duque, la Diócesis de Quibdó escribió que “se ciernen nuevamente sobre los pueblos y territorios hechos amenazantes, desplazamientos, confinamientos, masacres, torturas, desapariciones y reclutamientos (...) La masacre de Bojayá se puede volver a repetir”.

Esas palabras no pueden caer en oídos sordos. Las Farc han sido reemplazadas por el Eln y varias estructuras paramilitares que tienen azotados y amenazadas a los pobladores. ¿Cómo va a lograr el Estado materializar ese “no están solos” y, más aún, cumplir la inquebrantable promesa de no repetición?

Bojayá resiste. Eso lo ha demostrado todos estos años. Pero no podemos seguir pidiéndoles a las poblaciones del país que sobrevivan contra todos los pronósticos. Su valentía inspira, pero no debería ser necesaria. Colombia no puede sentirse contenta mientras haya el peligro de la reaparición de masacres, mientras sigamos contando las mismas historias de violencia. Que nunca más, de verdad, tengamos que ver cómo un pueblo tarda 17 años en poder velar a sus muertos.

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