Referentes en guerra

“Obama merece mi silencio”, dijo en enero de 2009 el entonces saliente presidente de Estados Unidos, George W. Bush, acerca de su sucesor.

Se negó a criticarlo, pese a las hondas diferencias políticas que había entre uno y otro. Y ha cumplido. La razón es grande: el bienestar de su país. Bush sólo le deseó buena suerte a Barack Obama y cerró filas frente a las críticas que desde ese momento no han hecho sino crecer. “No voy a gastar mi tiempo criticándolo”, dijo, y cumplió. Memorable.

Esa muestra de altura, llamémosla diplomática —o política—, parece un sueño imposible aquí en Colombia. Fue tan solo que empezara esta semana, dizque propicia para la reflexión, para que todo un palabrerío, harto inoficioso aunque sí dañino, apareciera de repente. El expresidente Álvaro Uribe Vélez fue quien prendió la mecha calificando el proceso de paz como un embeleco, como un acto para “complacer el terrorismo”, como un sacrificio de la seguridad democrática, su bandera (él en últimas fue quien se inventó el término). Y no dejó títere con cabeza. Habló del ministro de Vivienda, Germán Vargas Lleras, quien, para él, constituye un “engaño popular” para el pueblo colombiano. Y mencionó, de paso, a Enrique Santos Calderón, hermano del presidente, a quien calificó como “permisivo del terrorismo”. ¡Por favor!

A esa pelea se sumó el expresidente Andrés Pastrana, quien le dijo a este diario el domingo último que Santos no tuvo, como él, un mandato popular para hacer la paz. Que no votaron por él para eso, como si la gestión de un gobierno dependiera exclusivamente de esa mecánica electoral. No contento con decir esto, el expresidente llamó “camarero de Pablo Escobar” al ministro del Interior, Fernando Carrillo, quien había respondido con dureza (y por obvia comisión del presidente Santos) a esas afirmaciones. También criticó de manera desentonada a Gabriel Silva, uno de los hombres de confianza del presidente. Continúa Pastrana: “Cuando estaba en mi gobierno había un cuento que decía que el problema con el doctor Silva es que era una mula que se creía Juan Valdez”. Deplorable.

Ernesto Samper también entró al ruedo. Increíble. No podía desaprovechar la “papaya” que esta vez le ofrecía su eterno rival político y entonces arremetió con cinismo: “Pastrana criticando el proceso de paz de Juan Manuel Santos es como el diablo enseñando el catecismo al papa Francisco”.

Y así, expresidentes, ministros que el presidente no acalla, exministros, referentes todos de un país, personas que deberían dar un ejemplo de altura, se han enfrascado en una rencilla de egos, felices lanzando frases efectistas, como si sólo ellos existieran dentro del mapa, como si los destinos de este país fueran un juego divertido de salón. Y como si sus opiniones no generaran una peligrosa división en la ciudadanía y una desazón frente al liderazgo que nos gobierna y nos ha gobernado. ¿No les dará, digamos, vergüenza? Salen en los medios, caricaturizados, retratados como en una burla, ocupando el espacio de otras noticias importantes, abandonando la reflexión y las ideas constructivas que buena falta nos hacen.

A la mejor usanza de la Patria Boba, símil que decidimos usar en este mismo espacio cuando arrancó el año, los verdaderos temas que deberían mover la agenda pública quedan desplazados para dar lugar a las peleas de los llamados hombres de la patria. Y ellos siguen, alimentando ese círculo vicioso del que deberían haberse dado cuenta. No puede ser que por la paz de Colombia queden tan divididas las personas que representan varias ideologías predominantes en el país. No puede ser que los personalismos le ganen a un objetivo más grande. Ese afán angurriento del poder, del protagonismo, de lograr las cosas bajo un nombre y no una causa es lo que más se evidencia en esta riña. Y el país es lo que menos parece importar.

Los políticos colombianos no pueden darse ese lujo. Es hora de detenerse y asumir la responsabilidad que su estatus les exige. Este país se lo merece.

 

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