Reunión extraordinaria

EL MIÉRCOLES EN LA MAÑANA SE reunieron, después de tanto tiempo de distancia, dos pesados representantes de los polos opuestos que vienen dividiendo a Colombia: en una oficina se sentaron a hablar del país el ministro de la Presidencia, Néstor Humberto Martínez, y el senador Álvaro Uribe, máximo representante del Centro Democrático, cabeza de la oposición política.

Hablaron, pues: discutieron en términos decentes (o al menos eso dijeron los dos) sobre las cosas que pasan aquí: el desempeño económico, la seguridad, la reforma de equilibrio de poderes, la paz...

Si algo dividió el camino de Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe y, de paso, a la sociedad entera, fue el hecho de que el Gobierno del primero se sentara a hablar en una mesa sobre el fin del conflicto con el enemigo. Los dos se reunieron por última vez en Rionegro, Antioquia, el 10 de enero de 2011: allí, como cierre de una etapa bastante diplomática, el expresidente le cuestionó a Juan Manuel Santos el nombramiento de algunos ministros que en otros tiempos habían sido sus malquerientes. De ahí para adelante, nada.

O, para ser más exactos con la historia, toda esa división de extremos que llegó a su punto ridículo en enero de 2013, cuando el presidente y el hoy senador aprovechaban cualquier espacio de prensa para despacharse el uno contra el otro. Tan paupérrimo era el nivel del debate entonces, que en este espacio lo catalogamos como el comienzo “de otra Patria Boba”: una pelea que en nada servía a los harto importantes intereses de Colombia. Al final de ese comentario editorial nos preguntábamos si ambos líderes podrían discutir sus desavenencias en privado y no en declaraciones altisonantes. Esta reunión del pasado miércoles parece ser el camino indicado para lograr ese objetivo de unir a la sociedad, como corresponde a líderes de su importancia.

No estamos diciendo, ni mucho menos, que la oposición al Gobierno deba acallarse y aceptar sin cuestionamiento alguno las políticas del Ejecutivo. Un rol de los malquerientes de un jefe de Estado bien puede ser no dejarlo gobernar a punta de golpes de opinión. Otro, sin embargo, uno que es democráticamente más avanzado y en todo caso deseable, es el de elevar esos cuestionamientos al plano del diálogo: por medio de él, incluso, pueden mejorarse las políticas públicas que se encuentran bajo el cuestionamiento de diversos sectores. Y la paz, sin duda, es una de ellas.

Hace falta echarle una mirada a la última encuesta bimestral de Gallup, en la que se muestra una caída de 17 puntos en el apoyo a los diálogos de paz. Asimismo, y como traducción estadística de las rechiflas que le hicieron, la imagen del presidente Santos también cayó significativamente, al tiempo que el expresidente Uribe recuperó terreno. Escuchar a la oposición no es un instrumento para ganar popularidad sino, mejor, para encaminar las cosas por donde deben ir. Para hacer un alto en la marcha y revisar lo avanzado. Y, sobre todo, es el elemento democrático que revestirá de legitimidad lo acordado: no habrá reconciliación entre Estado y guerrilla si no la hay entre nuestros líderes políticos. Así de sencillo.

Pero para eso hace falta un rol más sofisticado de la oposición. El Gobierno puso a su ministro Martínez a “perseverar, perseverar y perseverar” (sus palabras) para abrir un diálogo político, y por las declaraciones de ambas partes después de la reunión podemos intuir que este fue el primer paso en la dirección correcta. Sin embargo, a la oposición hay que pedir que, con todos sus reparos, encuentre también puntos de encuentro para establecer ese diálogo. Es un imperativo.

 

* ¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a [email protected]