Que se hable de paz

El lunes, en el cierre del Congreso Nacional de Paz, convocado por el Congreso de los Pueblos y otras organizaciones de izquierda democrática, se oyó el mensaje de Nicolás Rodríguez, alias Gabino, máximo jefe de la guerrilla del Eln.

En él expresaba su voluntad inequívoca de sentarse a dialogar con el Estado colombiano. Hablar de paz, negociar sus términos, proponer, ceder.

Ya desde hace un tiempo vienen oyéndose los rumores de que este gobierno, a través de sus delegados, ha establecido contactos para que una mesa de concertación pueda generarse con esta guerrilla. Esperemos que, como en el caso de las Farc, con ella también pueda hablarse de paz.

A esta iniciativa quiere unirse también la guerrilla del Epl, que propone, desde ya, un cambio de Constitución para que las “fuerzas populares armadas” puedan participar en el juego electoral. Bajo este escenario todo parece indicar que la “llave” para la paz que el presidente Juan Manuel Santos aseguró hace un tiempo tener guardada en el bolsillo, podría empezar a usarse más a menudo. Enhorabuena.

Es lógico que un eventual proceso de paz con estas otras guerrillas no puede mezclarse ni confundirse, al menos durante un buen tiempo, con el que marcha hoy en La Habana. La agenda que allí se da, tan delicadamente definida, debe respetarse. Pero no sólo es el seguimiento de un plan, sino, también, la estrategia: el Eln, el Epl, son guerrillas herméticas, cerradas, muchísimo más difíciles en términos de contacto directo, con una historia, unos fines y unos propósitos (y unos crímenes, también) distintos a los de las Farc. De ahí en adelante todo cambiaría: el lugar para negociar, los puntos en la agenda, las peticiones, las formas de ceder, los garantes, probablemente los negociadores.

A pesar de que el obstáculo luzca muy grande, porque no se sabe a ciencia cierta qué tanto estén estas dos guerrillas dispuestas realmente a acercarse, el intento debe hacerse. El país se lo merece. Para llegar a la paz que todos queremos hay que terminar la guerra y empezar con la justicia. Y un proceso en el que se hable, en el que se discuta cómo construir un país sin balas de un lado y del otro, se nos antoja la mejor opción. O, por lo menos, una alternativa, algo distinto.

La guerra ha sido el camino escogido por los gobiernos de este país salvo contadas excepciones. Y ese camino ha dejado un saldo de sangre muy elevado. Y un círculo vicioso: el conflicto, las políticas públicas concentradas en él, los candidatos presidenciales que suben al poder por él. Las bombas, los secuestros, las extorsiones, las alianzas del Estado con fuerzas macabras. ¿Por qué no mirar otras opciones?

El Gobierno tiene la misión de usar con delicadeza esa otra “llave para la paz” que tiene metida en el bolsillo. En esta ocasión, los sectores de la sociedad civil están pidiendo participación en la construcción de estos acuerdos, con la finalidad de que dentro de ellos haya una agenda social. Puede ser, aunque no hay que apresurarse.

Hay que estudiar muy bien lo que se quiere y lo que no, de una mesa paralela de diálogos. Esta bien podría ser la oportunidad para aplicar otra estrategia de negociación, otra forma de acercarse al fin de un conflicto armado con grupos menos grandes. Estará por verse. Pero el simple intento ya siembra la esperanza de que sí es posible construir otro país y por vías menos cruentas.

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