Se viene El Niño

No terminamos de recuperarnos (porque no lo hicimos del todo) de los efectos devastadores del invierno: las lluvias que no cesaban y las calles que se iban abajo, los damnificados y el envío de mercados, el trabajo de Colombia Humanitaria y de las alcaldías locales (a veces insuficiente o demorado). En fin.

Apenas estábamos respirando, esperando a que saliera el sol para aprender algunas lecciones, cuando se nos bota a la cara una nueva noticia: las probabilidades de que el fenómeno del Niño se presente son del 65% (y contando). Hay aumentos de temperatura en varias zonas del país. Algunos ríos de las zonas del Caribe, Pacífica y Andina, según reportan las autoridades ambientales, están disminuyendo su caudal.

Poco a poco nos acercamos a una muy probable época de sequías, heladas e incendios forestales, como anuncia alarmado el director del Sistema Nacional para la Gestión del Riesgo, Carlos Iván Márquez Pérez.

Y con ello sufren los ecosistemas: los corales, por ejemplo, porque se deteriora su desarrollo, sus mecanismos de resistencia a las presiones, su defensa. Que falte el agua podría significar, también, que los ecosistemas terrestres, como las zonas de páramo y de alta montaña, se vean afectados severamente en zonas imprescindibles como la Orinoquia, el Guainía y el Guaviare.

Y bueno, lo que más interesa a los humanos (que debería ser todo lo anterior, pero qué le hacemos): asistir a una reducción en las fuentes hídricas en su 30%, en regiones como La Guajira y el Cesar, y de paso, como si fuera poco, presenciar racionamientos en la energía eléctrica y atestiguar cómo los sectores de ganadería y agricultura se ven diezmados.

No da un segundo de descanso el clima. Esto porque, y lo repetimos, en Colombia la ciudadanía de todas las regiones no ha tenido el buen tino de colaborarle al planeta cuidando sus humedales, sus reservas hídricas, su vegetación y su fauna. No ha sabido explotar esas palabritas rimbombantes de “desarrollo sostenible”, poniéndole a todo vapor una locomotora ambiental. Mientras tanto, las demás, en algunos casos, avanzan como locas, sin rieles.

Ahora viene la cuenta de cobro y nos coge, como ya pasó con el invierno, con los pantalones abajo. ¿Alarmados? Bueno, sí deberían, al menos, prenderse sensatamente los avisos de riesgo. Sobre todo porque lo que más necesitamos ahora, para evitar una nueva tragedia (¿cuántas más necesitamos para que aprendamos la lección?), es diseñar todo un plan para evitar las catástrofes. No hacen falta más.

Como primer paso, diseñar medidas de contención (a largo plazo) que puedan frenar los efectos de las sequías. Preservar las fuentes de agua para evitar los futuros recortes (una labor exclusiva de la ciudadanía, que debe estar impulsada por los gobiernos locales), que las autoridades vigilen muy bien la gestión del agua y que las entidades pertinentes actúen en consecuencia como si algo previsible fuera a pasar pronto. Los estudios, entonces, deben empezar ya, a ver si logramos hacer lo necesario y no conformarnos con lo urgente.

El Gobierno está a tiempo, por ahora, de dar este primer paso. Si hubiéramos obrado de la misma forma en el pasado, las lluvias no habrían dejado un saldo de sangre, de pobreza y de tristeza en la vida de los colombianos.