¿Por qué seguimos normalizando la violencia?

¿Cuántos vecinos de la violencia en el país no escuchan las agresiones, pero prefieren callar bajo perverso entendido de que “los trapos sucios se lavan en casa”?

La agresión de Hanyer Mosquera ejemplifica lo que muchas mujeren en el país sufren en silencio. / Foto: Rionegro Águilas

El repudio nacional a un video en el que el defensor de Rionegro Águilas, Hanyer Mosquera, agrede a Hindira Herazo, es un amargo recordatorio de que no se está haciendo lo suficiente en el país para tomar la violencia de género en serio, y que la manera en que la cultura enfrenta estos casos lleva a las víctimas a la invisibilización.

Las imágenes son dolorosas. Al cerrarse la puerta del ascensor de su lugar de residencia, Mosquera le lanza un par de manotazos a Herazo, quien cae al suelo. Allí la ataca con puntapiés. Más preocupante aún es que, como lo dijo Herazo, “lo que se puede ver en el video no es ni sombra de lo que estaba pasando”, pues ya en el pasado la había agredido dentro de su apartamento, incluso cuando estaba embarazada, y, aparte de la violencia física, en una ocasión no le permitió el ingreso a su hogar.

Son varias las conductas típicas de la violencia intrafamiliar que lamentablemente se pueden ejemplificar con este caso, las cuales suelen ser invisibilizadas. Al mencionar las agresiones dentro de su residencia, Herazo le contó a Noticias Caracol que pidió “auxilio a las personas que estaban en el apartamento, pero nadie atendió el llamado”. ¿Cuántos vecinos de la violencia en el país no escuchan las agresiones, pero prefieren callar bajo perverso entendido de que “los trapos sucios se lavan en casa”? La intimidad inviolable que culturalmente se le ha otorgado al hogar en estos casos lo que hace es justificar esa complicidad y resignar a las víctimas a “resistir” sin denunciar.

Hace poco hablamos en este espacio de las 54.000 denuncias por violencia intrafamiliar en 2015, y de cómo hay un imaginario en el país que entiende estas agresiones como justificadas, o que ve con malos ojos el sacarlas a la luz, pues afectan la supuesta estabilidad familiar. La violencia no puede ser un componente normalizado de las relaciones privadas. Cuando hay una agresión se rompe la intimidad y esa situación entra al ámbito de interés de la sociedad, pues hay que hacer todo lo posible por evitar los abusos.

Por eso son desafortunadas las posiciones como las de Fernando Salazar, directivo del equipo al que pertenece Mosquera, quien dijo en Blu Radio que al jugador hay que perdonarlo así como pretendemos perdonar a las Farc, y que hay que pensar que la familia está de por medio. Más allá de la evidente falsa analogía entre el proceso de paz y este crimen, lo que Salazar deja por fuera, al cambiar el discurso sobre lo ocurrido y proponer que lo dejemos atrás, es que los actos del deportista son síntoma de un problema mucho mayor que, precisamente, suele desestimarse con facilidad, y que su propuesta silencia a una mujer valiente que está pidiendo que haya medidas para que otras mujeres no sufran lo que ella sufrió.

No es fácil para las mujeres salir a denunciar, pues o las ridiculizan y acusan de mentirosas, o minimizan lo ocurrido y las acusan de ir en contra de sus propias familias. Escucharlas y respaldar a las que hacen públicos los abusos es el primer paso para empoderar a las que sufren en silencio. Porque, como dijo Herazo, “definitivamente son cosas que deben parar no sólo para mí, sino para todas las mujeres”.

Mientras no se ataque el componente cultural que esconde las agresiones, serán incontables los casos como el de Herazo, con el problema de que no habrá cámaras para ponerlos en evidencia.

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