Sin amenazas

Una paz de miedo es frágil. Con amenazas no se hace democracia.

El presidente Juan Manuel Santos no puede cometer el error de usar el miedo como estrategia para respaldar los acuerdos de La Habana. / EFE

Durante el Foro Económico Mundial, en Medellín, el primer mandatario Juan Manuel Santos dijo que, de no aprobarse el plebiscito por la paz, “volvemos a la guerra, no vamos a volver a la mesa de negociación”. Y que las Farc estarían preparadas para iniciar una guerra urbana que, dijo, “es mucho más demoledora que la guerra rural”. Tanto el tono como el mensaje fueron equivocados. Como si el presidente Santos, en vez de promover la paz, se hubiera convertido en su mayor opositor.

Estas salidas en falso son un palo en la rueda para la paz. Y lo que es peor: en un momento en el que el “Sí” y el “No” al plebiscito se preparan para dar inicio a una campaña sin precedentes en Colombia, para que al final sean sus habitantes quienes decidan el futuro de la paz. No es el momento para estos desatinos. No es el momento de jugar la carta del miedo, la misma que han usado durante años los promotores de la guerra para impedir que la paz se convierta en una realidad. La paz requiere de un mensaje distinto. Recurrir a esta misma estrategia puede convertirse, ni más, ni menos, en un error histórico.

Promover la paz a punta de miedo es tanto como cometer abusos de poder con la excusa de la lucha contra las guerrillas; es dar a entender que los medios no importan, con tal de que se consiga el resultado buscado. Y eso da pie al autoritarismo y a una paz de papel. Frágil e ilegítima. La paz no debe presentarse a los colombianos como si se estuviera entre la espada y la pared, sino como una esperanza, como una oportunidad.

Un antecedente para Colombia es Chile. Allí, con la gente ya cansada de la dictadura de Augusto Pinochet y gracias a la presión internacional, se convocó a un plebiscito para que los chilenos decidieran sobre el futuro de su país; a quienes iban por el “No”, que implicaba el fin de la dictadura, se les presentó una disyuntiva: si promover el voto a favor de la democracia recurriendo al discurso del miedo o si hacerlo, en cambio, bajo la bandera de la esperanza.

Al final, le apostaron a una campaña en la que el mensaje fue “la alegría ya viene”, haciendo hincapié en lo que representaba el regreso a la democracia. Y el “No” triunfó. El mensaje en Colombia debe ser ese y no lo contrario. No “la guerra ya viene”. Sin mencionar que, al decir que las Farc están preparadas para una guerra urbana, Santos reconoce tácitamente que no se ha hecho lo suficiente para controlarlas, mientras se negocia en Cuba.

El descache del presidente fue tal que copartidarios y opositores se pusieron de acuerdo en que Santos había metido la pata. A tal punto que la senadora de la Alianza Verde Claudia López propuso que se haga una campaña para que el presidente no vuelva a hablar del proceso de paz.

“Fueron unas declaraciones completamente desafortunadas e inoportunas del presidente y entre más aclara más oscurece”, sostuvo López. Y le asiste razón.

El presidente, de nuevo, pareciera convertido en opositor y no en promotor del proceso. Ante la inminencia del plebiscito de la paz, es momento de que los promotores del “Sí” y los del “No” presenten sus cartas. La del Gobierno no puede ser decir que, ante un revés, los diálogos se acabarían y sobrevendría una guerra peor a la ya vivida.

Con esa carta no se logra sino atemorizar a una sociedad que requiere con urgencia pasar la página del miedo y dejar atrás esos años en los que, precisamente por ese temor, se violaron derechos humanos por parte y parte. Una paz de miedo es frágil. Con amenazas no se hace democracia. Una basada en la esperanza, en el cambio social, es una paz duradera. Y a esa es a la que hay que apuntarle.

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