Sin bolsa de plástico, por favor

El impuesto a las bolsas plásticas es una oportunidad para cambiar nuestra mentalidad y hacernos conscientes de los costos sociales y ambientales de nuestros desechos. / Ilustración: Oscar García Cortés - El Espectador

A partir de hoy empieza a regir un nuevo impuesto que los consumidores deberán pagar cada vez que aceptan una bolsa de plástico en un establecimiento comercial. A pesar de que este impuesto pareciera ser el último de una larga lista de gastos que los colombianos han tenido que asumir con la entrada en vigor de la reforma tributaria, es una medida bienvenida y necesaria que está encaminada, justamente, a que los consumidores no tengan que pagar nada, es decir, a que dejen de usar bolsas cuando compran.

Genera lógica suspicacia que este impuesto nacional al consumo de bolsas plásticas haya llegado justo en la reforma tributaria diseñada para aumentar el recaudo y sustituir los ingresos perdidos por la caída de los precios del petróleo. Estos “impuestos verdes”, sin embargo, no están diseñados para incrementar los ingresos tributarios sino para desincentivar el uso de aquello que se grava. Y reducir los impactos ambientales asociados a los residuos generados por las bolsas plásticas después de que se usan es sin duda un buen propósito.

De todos los elementos de plástico de uso común, las bolsas han estado en el foco del debate sobre su utilización. Henry Duarte, presidente de la Cámara Colombiana del Plástico, expresó la preocupación de los fabricantes de bolsas de que se les estigmatice como los mayores contaminantes. Si bien es cierto que, en términos de volumen, las bolsas sólo equivalen a un pequeño porcentaje del total de desechos, su vida útil, en promedio, es de apenas 12 minutos, mientras que tardan en degradarse entre 50 y mil años. El Ministerio de Ambiente estimó que un colombiano puede gastar seis bolsas plásticas a la semana, lo que equivale a que en el país se desechen casi 14.000 millones de bolsas en un año. Según datos de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, en el mundo se consumen entre 500 billones y un trillón de bolsas plásticas al año, pero sólo se recicla el 5 %.

Las bolsas de plástico son un objeto contaminante para el cual hay alternativas accesibles y biodegradables —como las bolsas de tela o de fique, o incluso los canastos de antaño— que sólo implican pequeños cambios de hábito en los consumidores. Su erradicación paulatina es sólo el primer paso de un enorme esfuerzo que debemos asumir a largo plazo para luchar contra la contaminación y reducir nuestra dependencia del plástico que, al igual que el uso de combustibles fósiles, no es sostenible para el planeta.

Con este impuesto verde, además, Colombia se unirá a decenas de países que han adoptado medidas exitosas para regular y desincentivar el uso de bolsas plásticas desde los años 90. Uno de los mejores ejemplos es Irlanda, que logró reducir el uso de bolsas plásticas en más del 90 % con un impuesto similar.

Las críticas que se han hecho, en especial por los comerciantes, por una falta de reglamentación clara o fisuras en la misma por donde se pueden colar cobros indebidos o no estipulados, no se deben soslayar para que la medida sea exitosa. Pero el impuesto, además de ser una realidad y un paso necesario en el que los ciudadanos deben poner de su parte, es una oportunidad para cambiar nuestra mentalidad y hacernos conscientes de los costos sociales y ambientales de nuestros desechos. Pequeños cambios como estos traen enormes beneficios para el planeta.

 

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