Sin visa

Decíamos en este espacio, tal vez hace un año, que lo de la eliminación de la visa Schengen para colombianos (un antipático requisito al que todos debíamos someternos para poder viajar a gran parte de Europa) era poco más que un sueño: no veíamos en ese anuncio la posibilidad real de algo ni los hechos concretos que nos permitieran tener una pizca de esperanza.

Demasiado pesimistas estuvimos: el miércoles de esta semana la Unión Europea anunció un acuerdo con Perú y Colombia para que sus ciudadanos puedan entrar portando simplemente el pasaporte. La firma se dio en Bruselas, donde se celebra la cumbre entre la Unión Europea y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), con presencia del presidente Juan Manuel Santos y su par de Perú, Ollanta Humala.

Decíamos aquella vez, también, que lo del visado para ciertos países era una práctica inexplicable en los tiempos modernos: resulta insólito, como lo consigna el premio nobel de Economía Joseph Stiglitz, que el flujo de capitales se dé tan libremente por el mundo, pero el de personas tenga todo tipo de restricciones y trabas burocráticas: cualquiera que haya pedido en su vida la visa Schengen sabe a qué nos referimos. Más: cualquiera que haya sido rechazado en el costoso trámite de su visa verá esto como una buena noticia. Y lo es. Y aquí hay que destacar en ella el rol eficaz de la Cancillería colombiana, liderada por María Ángela Holguín, quien por supuesto sale en la foto y firma el documento, en una jugada que amplía las relaciones bilaterales de Colombia: ese flujo de seres humanos que menciona Stiglitz en sus comentarios.

Cierto es que todo este paquete de optimismo puede verse de otra manera. Uno podría sospechar ampliamente, por ejemplo, en la necesidad de Europa de ampliar su turismo a niveles mayores para poder generar grandes dividendos que ayuden en la persistente crisis económica en esa región. Y eso se haría, claro, incluyendo entre sus invitados a países que antes no le interesaban en lo más mínimo. Estas teorías pululan y, en general, están bien argumentadas.

Incluso así, para los colombianos es una noticia muy buena. Es un paso no sólo hacia la inclusión sino hacia la proyección de una buena imagen internacional que poco a poco se ha ido transformando desde la oscuridad más inmensa. Se trata, así sea muy simbólico (y así suene patriotero), de la oportunidad para visibilizarnos como una nación más fuerte.

La cosa no arranca hoy mismo: aún hacen falta trámites que podrían alargarse hasta finales de este año y que comprenden dos tareas escabrosas: traducir el acuerdo a todas las lenguas de la Unión Europea y que cada uno de los 26 países que la integran den su ratificación (Colombia deberá hacer lo propio). Ya llegaremos, pero ese camino ya carece de obstáculos.

Nos alegra, pues, haber superado nuestro propio pesimismo: lo que tiene que ver con esta materia hoy luce realizable, material, esperable. Muy buena noticia.

 

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