Tan aviones

Dos bombarderos rusos de úlltima tecnología, en vuelos de ida y regreso entre Venezuela y Nicaragua, violaron el espacio aéreo colombiano en días pasados.

Aunque no se trata de un tema menor, en especial en la coyuntura en la cual se produce, tampoco da para caer en un ambiente belicista como el que algunos políticos han querido alimentar con claro ánimo electorero. Lo prudente es dejar estos espinosos asuntos a la diplomacia, tal y como lo ha hecho el Gobierno.

En caso de que un avión vaya a sobrevolar el espacio de otro país, en especial si se trata de uno militar y de la categoría de un Tupolev 160, lo usual es pedir permiso ante las autoridades competentes para que evalúen la situación y decidan al respecto. Como lo expresó el general Guillermo León León, comandante de la Fuerza Aérea, en lo corrido del año se han expedido cinco permisos a aeronaves rusas para tal fin. No lo hicieron en este caso. Así que la respuesta de Moscú, de que son respetuosos del reglamento del uso del espacio aéreo, no convence.

Los hechos, tal y como se presentaron, van por un camino más complejo. Las buenas relaciones de Rusia con países del vecindario, en especial con Venezuela, Nicaragua y Cuba, son públicas. No es un secreto que Venezuela ha venido comprándoles a los rusos armamento de diverso tipo, como aviones de combate y helicópteros, a cambio de petróleo. Helicópteros, valga la pena decirlo, que Colombia también les ha adquirido a los rusos. De ahí que, como lo menciona el Ministerio de Defensa venezolano, las aeronaves estuvieran en el país vecino para “una demostración de su capacidad operativa... como parte de la alianza estratégica que existe entre Caracas y Moscú”. Hasta ahí la explicación de qué hacían los bombarderos por estos lados.

Lo cierto es que el miércoles de la semana pasada salieron del aeropuerto de Maiquetía hacia Nicaragua, para regresar a Venezuela dos días después, utilizando la misma ruta. Al sobrevolar espacio colombiano sin permiso, e insistir en que han seguido las normas internacionales, se comienza a atar cabos. En primer lugar, al conocerse la estrategia del presidente Juan Manuel Santos ante el fallo de la Corte Internacional de Justicia, Managua manifestó su interés por adquirir material militar a Moscú, en especial barcos de guerra. En segundo lugar, no es una mera coincidencia que en Managua se encontrara el secretario del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, Nicolai Patrichek, justo para la llegada de los bombarderos. No resulta un hilado muy delgado, entonces, considerar que los rusos pudieron “hacerle el mandado” a Daniel Ortega de tantear la reacción de Colombia ante un incidente de este tipo.

Sea cual fuere el motivo real, el canal diplomático es el indicado para darle a la situación el manejo que requiere. Una nota de protesta, en especial el grado de molestia que ésta mencione, es suficiente para manifestar ante otro estado la inconformidad por un incidente de esta categoría. Así lo hizo la Cancillería al convocar a San Carlos al embajador Pável Sérgiev y entregarle la nota. No sólo queda notificada Rusia, sino Nicaragua, de que Colombia tiene claros sus límites y los hará respetar. Caer en otro tipo de juegos, como la poco efectiva diplomacia del micrófono, o darle a Managua la oportunidad para que meta vara en esta historia, no es conveniente.

En adelante el alto gobierno tendrá que continuar pendiente de eventuales situaciones que se puedan presentar. Daniel Ortega, quien pretende entronizarse en el poder a perpetuidad, va a continuar tratando de que se produzca algún tipo de incidente que involucre a Colombia con un tercer país. Bien sea a través de concesiones marítimas o casos como el que acaba de suceder en el Caribe. Esas eventuales nuevas provocaciones habrán de manejarse con el tino adecuado para no pisar la “cascarita”. Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre, reza el adagio popular.

 

 

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