Teletón y estereotipos

Ya son muchos los años en que el evento Teletón convoca a miles de colombianos en torno a una causa específica: ayudar a las personas con discapacidad por medio de una donación masiva (y televisada) de dinero.

Todo con una misión loable: brindar tratamientos médicos, posibilidades de rehabilitación y fortalecimiento de sus habilidades para la inclusión social, bajo el término científico de Programa Integral de Rehabilitación (PRI). Es una buena causa que convoca año tras año la solidaridad nacional.

Los Centros Teletón están al servicio de dicha población: “Cualquier persona con discapacidad física y motora puede dirigirse voluntariamente a nuestros Centros Teletón”, dice la ruta de atención en el sitio web de Teletón. Allá mismo, en sus distintas sedes, le harán una evaluación para el tratamiento, que podrá ser cubierto por la aseguradora de la persona, la persona misma o por Teletón (que recibe un insumo de dinero importante con cada evento televisivo). A grandes rasgos, y leyendo con detenimiento la Ley 100 de 1993, se trata de una institución prestadora de salud. Y hacia allá, teniendo en cuenta su naturaleza jurídica, debería estar dirigido el análisis sobre el servicio que presta. Aunque no siempre sea así.

Irse en contra de un evento de caridad es un asunto delicado, que no resulta fácil, y tampoco es esa la intención de esta reflexión: antes bien, podemos resaltar las muchas terapias de rehabilitación que han hecho, con tecnología de punta por demás, tratando a personas con discapacidades motoras. Nada de malo hay en eso. Ni tampoco, por supuesto, que la gente quiera participar de manera colectiva para materializar con dinero su apoyo a servicios como este. Mientras el Estado falle (porque estamos hablando de derechos y eso debe quedar claro), bienvenido sea un esfuerzo privado que parta de la buena voluntad.

Empero, no faltan las críticas al papel de Teletón de un tiempo para acá. Más que su loable misión, que no tiene discusión, lo que resulta problemático es la representación colectiva que se forma de quienes tienen alguna discapacidad: esa manera en la que, a punta de imágenes lastimeras, la sociedad convierte un rasgo de la diversidad humana en una tragedia que merece la compasión de un país entero. Lágrimas, sonrisas, peticiones y, sobre todo, un sentimiento de autosatisfacción generalizado que, antes que comprender los rasgos de la discapacidad, entorpecen su existencia misma. ¿Acaso todos ellos son frágiles seres humanos, golpeados por la vida, que hay que socorrer, como nos los muestran durante dos días al año en cadena televisiva? ¿Ellos quieren verse así ante los demás? La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad obliga a Colombia a luchar contra los estereotipos, prejuicios y prácticas nocivas contra esta población: ¿cumple Teletón con este requisito en el nivel simbólico? No creemos que lo haga, pese a sus buenas intenciones. Y nos parece, además, que, ante la variedad de discapacidades que existen, Teletón las iguala todas sin el enfoque diferenciado que se requiere. Eso distorsiona también su representación ante la sociedad, la imagen que proyectan, la discriminación que, ahí sí, sufren por parte de los demás.

El Estado debe entender que esto es un insumo (simbólicamente problemático) que es insuficiente para generar una sociedad incluyente que garantice los derechos de una parte de la población. Cambiando los discursos es por donde empiezan a transformarse las realidades. El segundo paso, que vemos lejano (la consecución de todos los derechos a servicios de salud), lo podemos ir pensando para el largo plazo; el primero, el del respeto, deberíamos aplicarlo de inmediato.

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