Tomarse las calles como defensa del progreso

El reto es mantener la presión y los ojos vigilantes, que el mensaje sea claro y contundente: no vamos a permitir retrocesos.

En este mundo que nos ha acostumbrado al aparentemente imparable auge de movimientos populistas y nacionalistas de ultraderecha (y algunos, aunque menos exitosos, de ultraizquierda), todos hostiles a las libertades individuales y al respeto por la democracia, no es menor el simbolismo de estas marchas. / Foto: Efe - Quique García

El océano de mujeres que salieron a marchar el sábado pasado en varias ciudades de Estados Unidos y del mundo, acompañadas por hombres aliados a sus reclamaciones, fue una refrescante y necesaria muestra de que aún quedan en el mundo personas que se oponen a la retórica del odio, de la división y de las mentiras como estrategia política. En un mundo cada vez más radicalizado, tomarse las calles sigue siendo la mejor herramienta histórica para ejercer la resistencia.

Por supuesto, esta marcha, un día después de la inauguración de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, era un rechazo directo a un hombre que no ha tenido problemas en demostrar su xenofobia, su misoginia (es inolvidable el video en el que habla de agarrar a las mujeres por la vagina sin su consentimiento) y el desprecio vehemente por la verdad y los hechos verificables.

En ese sentido, las marchantes que usaron la bandera estadounidense como hijab, en solidaridad con los musulmanes (Trump prometió crear un registro para todas las personas de esa religión en EE. UU.), los discursos en apoyo al respeto y la protección de los derechos de las mujeres y las minorías, y en general la muestra de que hay un número masivo de personas que no están dispuestas a permitir el regreso impune del oscurantismo y el autoritarismo a la Casa Blanca, es un contrapeso esencial a la agenda destructiva y arrolladora propuesta por Trump y compañía.

Lo más fascinante de la era Trump es que ha revivido la creatividad de quienes defienden los principios liberales e invita a la unión a movimientos disímiles. Gloria Steinem, por ejemplo, propuso que si en efecto se crea un registro para musulmanes, todos los que marcharon se inscriban como tales para combatir la discriminación. El senador de Virginia Bernie Sanders lo resumió muy bien: “Presidente Trump, cometió un gran error. Al intentar dividirnos por nuestra raza, religión, género y nacionalidad, terminó por acercarnos más”.

Esto no significa que hay espacio para la ingenuidad. Siguen existiendo millones de personas que respaldan la presidencia de Trump. No en vano, el 54 % de los votos de las mujeres blancas fueron para el republicano, en claro contraste con el 94 % de las mujeres afroamericanas, que respaldaron a Hillary Clinton. El abismo que hay entre las dos narrativas de esa nación requiere de encontrar maneras de construir puentes, y vienen días muy difíciles.

Pero en este mundo que nos ha acostumbrado al aparentemente imparable auge de movimientos populistas y nacionalistas de ultraderecha (y algunos, aunque menos exitosos, de ultraizquierda), todos hostiles a las libertades individuales y al respeto por la democracia, no es menor el simbolismo de estas marchas. Aquí en Colombia fue fundamental que los ciudadanos se tomaran las calles después del plebiscito para salvar los diálogos con las Farc. El reto es, no obstante, mantener la presión y los ojos vigilantes, que el mensaje sea claro y contundente: no vamos a permitir retrocesos.

No es, cabe decirlo, un asunto fácil. Menos con una administración Trump que se acerca cada vez más al delirio tan característico de los regímenes autoritarios. Pese a evidencia fotográfica contundente en contra, el nuevo secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, dijo que “esta fue la mayor audiencia que jamás haya presenciado una inauguración. Y punto”. Kellyanne Conway, principal asesora de Trump, dijo en entrevista con la CBS que Spicer había dado “hechos alternativos”, eufemismo para disfrazar mentiras. El mismo presidente de Estados Unidos dijo ante la CIA que había visto cerca de un millón y medio de personas en su inauguración, y que tiene una guerra con la prensa. Ante eso, sólo queda responder con la verdad y haciéndose sentir en las calles.

 

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