Triunfo con sabor amargo en Alemania

No se puede desestimar que un partido se ha sintonizado con una parte de la sociedad que está dispuesta a imponer el discurso islamófobo, antiinmigrante y proteccionista. / Foto: AFP

Como se había previsto en las encuestas, Ángela Merkel tenía asegurado el triunfo electoral en Alemania. Las elecciones del domingo pasado así lo ratificaron. De esta manera, y apenas conforme un nuevo gobierno, igualará a Helmuth Kohl con 16 años de continuidad en el cargo de la locomotora europea, en nombre de la Unión Cristianodemócrata (CDU/CSU). Sin embargo, el ingreso de la ultraderecha por primera vez al Parlamento (Bundestag) desde la Segunda Guerra Mundial, con Alternativa por Alemania (AfD), es un motivo de especial preocupación para el país y en el viejo continente.

Es importante resaltar que ante el temor de que el populismo-nacionalismo se hiciera con el poder en varios países europeos, triunfaron la sensatez y la madurez de los votantes. Ni en Austria, Holanda, Francia o, ahora, en Alemania, los partidos xenófobos, enemigos de la integración y del euro lograron obtener la mayoría del voto popular. La señora Merkel, a pesar de que tuvo una disminución en el número de votantes y, por ende, de representación en el Parlamento, sigue siendo la cabeza visible de la estabilidad que ofrece el centro político. Su firme carácter la coloca como la figura más representativa en defensa del Estado liberal y la tolerancia.

El lunar, que podría terminar convirtiéndose en algo peor dependiendo de como avancen las cosas en el cuatrienio, es el preocupante repunte del AfD. El ministro de Relaciones Exteriores alemán los acusó unos días atrás de ser unos “verdaderos nazis”. Según los cálculos, la ultraderecha tendrá unos 94 escaños en el Bundestag, con cerca del 13 % de los votos. Esto los coloca como la tercera fuerza política. El racismo y la xenofobia no son gratuitos. Se han afianzado en los últimos años por la acogida de cerca de un millón de refugiados. A lo anterior se le suman los atentados terroristas en Alemania, más los de los países vecinos. Su cantera populista se encuentra en la antigua República Democrática Alemana, que no ha experimentado los mismos niveles de desarrollo económico ni se ha beneficiado de los mismos estándares de bienestar que la parte del oeste. El resentimiento ha alimentado la propagación del malsano nacionalismo.

Alexánder Gauland, codirector del AfD, ya anunció que “vamos a recuperar nuestro país y nuestro pueblo (…) Que se vayan preparando”. Palabras, por lo demás, que reflejan no solo la simpatía, sino la identidad con el mensaje que ha alentado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. No se puede desestimar que un partido creado en 2013, que obtiene este tipo de resultado y representación, se ha sintonizado de manera más que preocupante con una parte de la sociedad que está dispuesta a imponer el discurso islamófobo, antiinmigrante y proteccionista. No es de extrañar que sus seguidores, como fuerzas de choque que rememoran lo peor del fascismo, persiguieran a la candidata Merkel por todo el país para sabotear sus mítines, tirando tomates y gritándole “traidora”. Hay que alertar para que este tipo de campaña sucia no se vaya a extender a otros países, como en el caso de Colombia, donde se han visto algunos actos censurables en días recientes.

De momento, Ángela Merkel tiene la primera opción para buscar socios de coalición y lograr la mayoría en el parlamento. Sus aliados en el gobierno hasta el domingo, los socialdemócratas, SDA, ya han anunciado que luego de la paliza que recibieron no están interesados en continuar y prefieren pasar a la oposición. A pesar de que se mantienen como la segunda fuerza política, el resultado es el más pobre de la posguerra. Las opciones más válidas para Merkel están entonces por el lado de los Verdes y los Liberales. Tan pronto se tenga claridad definitiva sobre el número de curules alcanzadas por cada partido, y las cuentas sean claras en las cifras necesarias para alcanzar la mayoría, se podrán consolidar las alianzas.

 

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