Trump, el supremo

Como sucede con todo populista, llega hasta ese punto, es decir, propagar el temor, sin dar una sola fórmula cierta de cómo enfrentarlo.

La elección de Donald Trump es muy peligrosa. / AFP

La entronización de Donald Trump como candidato del Partido Republicano a la Presidencia de Estados Unidos corroboró y aumentó los temores sobre su talante: populismo, autoritarismo, ignorancia, vendedor de miedos, narcisismo, arrogancia, racismo, xenofobia y un largo etcétera. Las cartas de la derecha están echadas y resta esperar, a partir de hoy, la Convención Demócrata que debe colocar la opción de Hillary Clinton en el otro lado de la balanza. Se inicia una larga campaña hasta las elecciones de noviembre.

Con toda la parafernalia de la convención republicana de fondo, y la ovación de sus seguidores, quedó claro que los conservadores prefirieron dejar de lado los tradicionales paradigmas del partido para endosar su apoyo al multimillonario neoyorquino. Como buen vendedor propagó un panorama apocalíptico en el cual la inseguridad, las drogas, los inmigrantes ilegales y los fundamentalistas islámicos tienen a su país a las puertas del caos. Y ahí aparece él, mesiánico, como el hombre predestinado dispuesto a asumir su responsabilidad histórica: “Restauraré la ley y el orden en este país”. Como sucede con todo populista, llega hasta ese punto, es decir, propagar el temor, sin dar una sola fórmula cierta de cómo enfrentarlo. Por esto algunos analistas comparan su discurso con el de un Perón o, paradojas de la vida, el de Hugo Chávez.

Mientras una parte de la cúpula partidista se opone al nuevo candidato y otros se hacen a un lado o hacen presencia para criticar a Hillary, sin apoyarlo directamente, las bases se sienten completamente identificadas con quien un año atrás producía más risas que credibilidad. Lo demostraron a lo largo de las primarias republicanas y lo ratificaron la semana pasada. Creen en quien se declara como la voz de los que no tienen voz. Él, que conoce las entrañas del poder en Washington y a la clase política corrupta —que está representada por la Clinton—, es el único que puede enarbolar las banderas del ciudadano de a pie. Y ese ciudadano de a pie, conservador, parece identificarse con esta prédica efectista, sin importar que se le presenten planes ni propuestas claras del cómo va a hacerlo. Les basta con el diagnóstico pesimista y la promesa de curar la enfermedad. Nada más.

Con respecto a la política internacional, y su visión del mundo, las cosas no son mejores. Habló de un americanismo en vez del globalismo. Insistió, para temor de los aliados europeos, en que no estaría dispuesto a apoyar a algún país miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), si éste no actúa en consecuencia. Algunos analistas ven con creciente preocupación su cercanía con Vladimir Putin. No en vano el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, escribió que “debería horrorizarnos el espectáculo del candidato de un partido importante insinuando con toda tranquilidad que podría abandonar a los aliados de Estados Unidos, igual que debería horrorizarnos que el mismo candidato insinúe que podría incumplir las obligaciones financieras de Estados Unidos. Pero aquí pasa algo muy extraño e inquietante, y no deberíamos pasarlo por alto”. Tiene toda la razón.

Uno de los invitados de honor a la convención fue el temido sheriff Joe Arpaio, de Arizona, quien se ufana de ser el más “duro” del país y se distingue por el mal trato dado a los ilegales latinos. Es un fervoroso seguidor del nuevo mesías de la derecha norteamericana. Por este motivo Arpaio no dudó en decir que “cuando Trump dice que va a hacer algo, lo va a hacer”. Ahí quedan pues sus promesas de construir el muro fronterizo con México, la idea de prohibir el ingreso de musulmanes y la renegociación de todos sus tratados comerciales.

Por todo lo anterior, se siguen encendiendo las luces de alarma dentro de quienes defienden en el país del norte una sociedad abierta, plural, respetuosa de las libertades y las minorías. Hillary Clinton deberá empeñarse a fondo para neutralizarlo. El electorado tendrá la palabra.

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