Tumbas anónimas en el Mediterráneo

Un número indeterminado de seres humanos, al parecer más de 700, perecieron al naufragar el barco que los llevaba de contrabando a Europa.

Es una cifra aterradora que desnuda la tragedia de miles de habitantes de África que huyen de la miseria, la guerra, la intolerancia y la segregación. Hace una semana desaparecieron 400. Fueron más de 3.200 muertos el año pasado. De esta manera, también se desnuda la vergonzosa incapacidad de los gobiernos europeos, que han presenciado este horroroso espectáculo sin tomar medidas de fondo y efectivas para evitarlo.

La noticia, que tuvo algún impacto internacional, va quedando como otro hecho doloroso que no parece despertar mayor atención. Nada que ver con el despliegue y el morboso interés generado unas semanas atrás frente al accidente del avión de Germanwings con 140 personas a bordo, debido a un piloto suicida. Sin demeritar la gravedad del asunto, ese hecho movilizó entonces la presencia de los más altos dignatarios de España, Francia y Alemania, así como un cubrimiento mediático que fue seguido a pie juntillas en el mundo. En el caso del reciente naufragio, y como se trata de cientos de NN africanos, hombres, mujeres y niños, estos no pasarán de ser una cifra estadística, otra más. Lo más probable es que en poco tiempo vuelva a registrarse otro hecho similar. No hay derecho.

El año pasado, frente a una tragedia similar ocurrida en las costas de Lampedusa, en Italia, la indignación internacional duró tan sólo unos pocos días. Veremos cuánto dura en este caso. Por esto nos sumamos a las palabras expresadas por el papa Francisco, quien dijo con claridad meridiana: “son hombres y mujeres como nosotros, hermanos que buscan una vida mejor; hambrientos, perseguidos, heridos, explotados, víctimas de guerras...”

Aunque se convocó a una reunión de urgencia de los ministros de relaciones exteriores europeos en Luxemburgo, la solución, es cierto, no parece sencilla. Implica un mayor involucramiento y la adopción de planes a largo plazo por parte de los países que son el destino de los miles de migrantes ilegales, esos que llegan a sus costas por medios rudimentarios. Planes que vayan más allá de las políticas represivas para impedir el ingreso de tanto “indeseable”. Estas propuestas requieren de grandes inversiones y proyectos de desarrollo por parte de la Unión Europea en las que una vez fueron colonias africanas. Los mismos deben garantizar condiciones de vida digna, en materia de salud, vivienda, educación y empleo para quienes realizan inciertas y peligrosas travesías por tierra y mar. Viajes que si no terminan con su muerte al intentar llegar al primer mundo, con toda seguridad les deparan un futuro de penurias y segregación en sociedades donde el racismo y la exclusión ganan terreno cada día de la mano de movimientos políticos xenófobos.

Mientras estos pasos no se den, la pobreza crítica y las guerras seguirán forzando cada día a nuevos desesperados a emigrar. Hombres, mujeres y niños que no tienen nada que perder, dispuestos a jugarse lo que sea, pues para ellos todo lo que venga es ganancia. El año pasado, miles de niños y jóvenes centroamericanos llegaron en masa, y de manera ilegal, a los Estados Unidos. El hecho generó una situación de emergencia ante la marejada y la incapacidad de las autoridades del país del norte para ubicarlos en centros de retención mientras eran regresados a sus familias. Washington tomó cartas en el asunto y promovió una reunión del presidente Barack Obama con los presidentes de El Salvador, Guatemala y Honduras, de donde provenían mayoritariamente los migrantes. Precisamente, en la pasada Cumbre de las Américas Obama ratificó ante sus pares centroamericanos la solicitud hecha al Congreso de su país de 1.000 millones de dólares de ayuda para los países del llamado Triángulo Norte. Por ahí es la cosa.

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