Un año después del No

Se cumple un año desde que el No ganó el plebiscito sobre el acuerdo de La Habana por una estrecha pero muy significativa diferencia. Aunque el Gobierno logró salvar los diálogos con un proceso de renegociación, se han cometido muchas torpezas en el camino y hoy el acuerdo de La Habana sigue siendo un campo minado que está siendo usado por políticos de todas las vertientes para polarizar al electorado.

Son muchas las mentiras y verdades a medias que plagan el debate público sobre el acuerdo de La Habana. Tal vez la más peligrosa, por ser la que apela al corazón de los resentimientos de los colombianos con el Estado y con las promesas de la democracia, es aquella que dice que el gobierno de Juan Manuel Santos desconoció el resultado del plebiscito. Lo repiten una y otra vez políticos y opinadores, insistiendo en que se le hizo “conejo” a la no despreciable suma de colombianos que apoyaron el No.

Lo anterior no es cierto. Seguir perpetuando esa idea con fines políticos es cerrar la posibilidad de dar los debates complejos que el tema amerita. La votación del No fue reconocida por el Gobierno como un mandato de revisar los motivos que llevaron a que las personas se opusieran al proceso. Los delegados del Ejecutivo lideraron unas mesas de conversación con los sectores políticos en oposición y sí se hicieron muchos cambios sustanciales al acuerdo. Es muy diciente que Sergio Jaramillo, excomisionado para la Paz, haya contado lo cerca que estuvieron de tener un acuerdo con el expresidente Álvaro Uribe. Triunfó tristemente el cálculo político y, pese a que el nuevo acuerdo incluyó muchas de las preocupaciones de los colombianos, hoy se sigue usando para “emberracar” y poner en duda todo el proceso de desmovilización.

Por supuesto, también se ha fallado mucho del lado de quienes apoyan el acuerdo. Una vez refrendado a través del Congreso, este órgano no ha estado a la altura de su responsabilidad histórica con darle legitimidad a lo pactado. Las discusiones que se han dado en la aprobación han estado mediadas por intereses individuales, y ahora que se acercan las elecciones, los partidos de la coalición están aprovechando la baja popularidad del Gobierno para hacer política.

Por su parte, el Ejecutivo ha demostrado sus incapacidades. La carta reciente de Timoleón Jiménez, Timochenko, preocupado por el incumplimiento por parte del Gobierno, es sólo una muestra de cómo los obstáculos de la implementación han minado la confianza de todos los involucrados. Además, la demora en la introducción de proyectos claves, como la reglamentación de la Jurisdicción Especial para la Paz, permitió que la ambigüedad sea instrumentalizada en la campaña.

Dicho lo anterior, sería injusto no observar que en este año se lograron avances que antes parecían imposibles. Las Farc están desarmadas y empezando su participación en el juego político. El Tribunal de Paz ya tiene una lista de magistrados excepcionales que producen esperanza sobre el futuro de la justicia transicional. La violencia por el conflicto armado se ha reducido. Incluso, el Eln suscribió un cese bilateral del fuego, avanzando en la mesa de negociación, que debe llegar a buen puerto.

Ahora que las elecciones del año entrante se proponen como un segundo plebiscito, todos los colombianos deberían buscar alejarse de la emocionalidad del tema y mirar que hay resultados innegables que nos favorecen a todos. El país necesita debates desprovistos de prejuicios e intereses individuales sobre la paz, su presente y su futuro.

 

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