Un Nobel merecido y en buena hora

Algo que deben tener claro quienes se opusieron al acuerdo es que, primero, su triunfo, que no desconocemos, no fue tan amplio como para pedir que se deseche todo lo alcanzado y se empiece de nuevo, y, segundo, también les exige ceder, así como lo han hecho las otras partes en la mesa.

El presidente Juan Manuel Santos le apostó todo su capital político a una causa imposible, y eso lo hizo merecedor del Premio Nobel de Paz. / Foto: EFE

El presidente Juan Manuel Santos tenía suficientes méritos para recibir el Premio Nobel de Paz. Nos sumamos a la ola de felicitaciones para él, para el equipo negociador y para todas las personas que han trabajado incansablemente para superar crisis que parecían insalvables y tener hoy el país más cerca que nunca del fin del conflicto armado con las Farc. Esperamos que este voto de confianza desde el exterior sea el impulso necesario para superar la incertidumbre y salvar el esfuerzo monumental que se ha hecho en los últimos seis años.

El comité que entrega el premio dijo que se lo otorgaba al presidente “por sus esfuerzos decididos por terminar la guerra civil de más de 50 años”. No deja de ser llamativo que la comunidad internacional haya demostrado estar mucho más consciente de la magnitud de lo conseguido que aquí en Colombia, donde, como lo hemos repetido en varias ocasiones, muchos factores hicieron que las personas sintieran el proceso y el plebiscito como una manifestación más de una cultura política lejana y poco representativa. El mensaje del mundo es contundente: no desperdicien, colombianos, esta oportunidad histórica.

Y este apoyo internacional —empuje quizás sea una palabra más apropiada— llega en un momento determinante, cuando el resultado del plebiscito y la actitud de los líderes políticos hacen tambalear la paz. Es esperanzador que, así como lo hizo en las varias crisis del proceso, la comunidad internacional haya reiterado su compromiso inequívoco de no dejar sola a Colombia. Tenemos que estar a la altura de esa invitación que nos hacen para superar las diferencias y demostrar que la palabra sigue siendo capaz de superar los conflictos. En un año en el cual las tragedias y la división han marcado al mundo, Colombia puede ser un ejemplo.

En ese sentido, tranquiliza el comunicado expedido por las delegaciones en La Habana el pasado viernes. La activación del protocolo para afianzar el cese el fuego, así como la continuación de los proyectos que hacen parte del acuerdo y que ya pueden ir andando, como “la búsqueda de personas dadas por desaparecidas, los planes pilotos de desminado humanitario, la sustitución voluntaria de cultivos de uso ilícito, los compromisos respecto a la salida de menores de los campamentos y sobre la situación de personas privadas de la libertad”, son maneras de construir la estabilidad necesaria que necesitan los diálogos mientras se solucionan las inconformidades que el país expresó en el plebiscito.

No hay motivos para que todas las iniciativas de construcción de paz que ya estaban en marcha en las regiones se interrumpan. Es el momento de cambiar la manera en que entendemos a Colombia.

Por supuesto, hace falta una solución y ésta debe darse lo más pronto posible. Han hecho bien el Gobierno y las Farc en abrirse a escuchar a los distintos promotores del No para encontrar los puntos que deben ser modificados en el acuerdo. Sin embargo, algo que deben tener claro quienes se opusieron al acuerdo es que, primero, su triunfo, que no desconocemos, no fue tan amplio como para pedir que se deseche todo lo alcanzado y se empiece de nuevo, y, segundo, también les exige ceder, así como lo han hecho las otras partes en la mesa.

No aportan los radicalismos ni las obstrucciones que, en la práctica, lo que buscan es demorar indefinidamente la presentación de una nueva propuesta al país. El presidente debe construir alianzas con aquellos opositores que presenten objeciones razonables y una actitud conciliadora, que estén a la altura de la historia que nos pide abandonar los intereses individuales. Y la intransigencia debe denunciarse como lo que es: una injustificada frustración del sueño de paz de todos los colombianos. Es el único camino.

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