Un paro por la frustración

El paro debería aprovecharse para ser un rechazo rotundo a todas esas burocracias y contratos construidos en favores y amiguismo a lo largo y ancho del país”.

Aunque hay motivos para protestar, también debe entenderse que se vienen medidas de ajuste para todos. / Archivo

Hay motivos para protestar. El paro nacional que se llevará a cabo hoy en todo el país busca manifestarle al Gobierno la indignación que ha venido creciendo por la deteriorada situación financiera. Si bien existen algunas señales positivas dentro de la crisis, la clase trabajadora sigue siendo la más damnificada en tiempos de vacas flacas. Con todo, no es mucho lo que el Ejecutivo puede hacer si no logramos poner como objetivo el combate al principal enemigo de los recursos escasos: la corrupción.

El paro fue convocado por el Comando Nacional Unitario (CNU), integrado por la Confederación General del Trabajo (CGT), la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) y la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC). A estos poderosos gremios se han unido en solidaridad otros, como los funcionarios de Migración Colombia, y la protesta refuerza la caída en la popularidad del presidente Juan Manuel Santos, que, según una encuesta reciente, está en un 30 % de aprobación. Además, la tasa de desocupación de 11,9% de enero, superior en más de un punto al presentado en 2015 de 10,8 %, está en la mente de quienes saldrán a marchar.

En el comunicado de prensa que convocó el paro se mencionan varias medidas como la revisión del aumento del salario mínimo, la reducción de los aportes de los pensionados a la salud del 12 al 4%, la reducción y congelación de los precios de los combustibles, la congelación de los precios de la canasta familiar y la eliminación de ciertos artículos de la futura reforma tributaria.

Ahí, no obstante, está el problema principal que enfrenta esta protesta: el remedio también tiene sus costos. La reforma tributaria, que, como hemos repetido, se ha demorado demasiado en ser presentada para debate público, es una medida necesaria para empezar a tapar los huecos que el desplome del petróleo generó en el presupuesto nacional. Sí, en esta nueva realidad, que le recuerda a Colombia que es un país con pocos ingresos y que no ha sabido planear para hacerse sostenible, el apretón es para todos, y quienes más sufren son, paradójicamente, quienes más necesitan.

Hay, ya lo decíamos, algunas señales positivas en la economía que darían para no ser tan dramáticos en la situación. El 14 de marzo, por dar un ejemplo, se anunció que en enero de este año la industria del país creció 8,2 %, lo que, si se mantiene, puede dar señales de alivio. Pero esas señales no son suficientes. Y no lo serán, así continúen por vía promisoria, mientras esos recursos escasos y la producción de riqueza y oportunidades esté medida de manera tan dramática en este país por la corrupción y el desgaste en la confianza pública que eso genera. El paro debería aprovecharse para ser un rechazo rotundo a todas esas burocracias y contratos construidos en favores y amiguismo a lo largo y ancho del país. Ese desangre de las finanzas es el que más desigualdad termina generando.

Finalmente, y esto no sobra decirlo, es importante que los marchantes recuerden que las vías de hecho les restan legitimidad a sus justos reclamos. Los problemas que causó la protesta de taxistas demuestra que la violencia, antes que ser eficiente para llamar la atención, termina restándoles peso a las injusticias denunciadas. La protesta legítima, bienvenida. Hay que protegerla de los desmanes.

Ojalá esta convocatoria en momentos de tensión social, como los que han comenzado a revivirse en el país, sea una jornada que refuerce la vitalidad de la protesta social, que sirva como canalizador de las frustraciones de los ciudadanos, y que no se vea empañado por actos violentos. Ahí se construye también el país.

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