Un respiro en la larga batalla contra el racismo

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Derek Chauvin mató a George Floyd. Gracias a una adolescente de 17 años que lo grabó mientras otros policías intentaban detenerla, el mundo entero vio lo que ocurrió. Durante ocho minutos y 46 segundos, Chauvin y Floyd encarnaron la historia que viene sucediendo hace siglos y que sigue siendo la realidad de muchas personas negras. Lo que pasó después, con miles de manifestantes en las calles y cientos de comentaristas llamándolos vándalos, exagerados e incluso terroristas internos, es parte también de ese baile macabro donde un sector de la población dice “no puedo respirar” y el otro le responde negando sus experiencias. El racismo no solo está vivo, sino que viene experimentando un aumento en popularidad. La condena de Chauvin esta semana a 40 años de prisión es una decisión justa en medio del caos.

La relación de poder de Chauvin sobre Floyd no puede leerse de manera aislada. “La condición de la vida negra es una de duelo constante”, escribió la poeta jamaiquina Claudia Rankine. Lo que vimos fue la materialización, que ocurre a diario y usualmente lejos de las cámaras, del racismo estructural que criminaliza, persigue y violenta los cuerpos percibidos como “negros”, como el “otro” que es una amenaza y que por ende debe ser sujeta a vigilancia constante.

Por eso, pese a representar un porcentaje considerablemente menor de la población, la tasa de personas negras asesinadas por policías en Estados Unidos es muy superior a la de personas blancas. La escritora y periodista Isabel Wilkerson comparte un dato terrorífico: “La tasa de asesinatos por policías excede la tasa de linchamientos durante las peores décadas de la era Jim Crow. Hubo un linchamiento cada cuatro días a principios del siglo XX. Ahora, un afroamericano es asesinado por la Policía cada dos o tres días”.

La violencia también toma otras formas. Pueden rastrearse hasta la actualidad políticas que discriminan en acceso a la salud, a vivienda, a educación y otros derechos básicos. Las personas negras son un porcentaje altísimo de la población carcelaria por ofensas menores. Más personas negras y latinas sufrieron los efectos de la pandemia que personas blancas.

El racismo, lejos de ser un concepto abstracto, discutible, es una realidad diaria para quienes son percibidos como “los otros”. Como cuenta el ensayista Garnette Cadogan, por ejemplo, sintió un cambio terrible al caminar por las calles cuando se mudó de su natal Jamaica, un país donde su color de piel es habitual, a Nueva York: “Me miraban con sospechas y cruzaban la calle; otros, que iban delante mío, miraban para atrás, registraban mi presencia y aceleraban; las mujeres blancas ancianas apretaban sus bolsos contra ellas; los hombres blancos jóvenes me saludaban con nervios y me decían ‘¿qué más, hermano?’; una vez intenté ayudar a un hombre cuya silla de ruedas se había quedado atascada en el pavimento, pero amenazó con dispararme en la cara y luego le pidió ayuda a una persona blanca que estaba cerca”.

Por todo esto es que el juicio contra Chauvin era importante, pero es solo una batalla más en una lucha que continúa. Las personas negras están cansadas de contar muertos y de que sus victimarios queden en la impunidad. Es así como seguirán pidiendo un fin al racismo. Como escribió el también poeta Kevin Young: “Parte del duelo, me di cuenta, es el silencio. Pero también lo es protestar”.

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