Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 13 horas

Por una buena salud

Sólo dos veces durate su gobierno el presidente Juan Manuel Santos ha llevado personalmente —caminando de un recinto a otro— un proyecto de ley para su debate y aprobación en el Congreso.

Lo hizo con la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras en su momento y lo repitió el martes de esta semana con la reforma a la salud. Al ser el primer mandatario que hace este tipo de ritual, entendemos los colombianos que quiere enviar un mensaje: la importancia que para él tiene el tema. La necesidad de que se regule con prontitud. La salud.

El ministro del ramo, Alejandro Gaviria, basa su gestión en esta reforma, necesaria, por demás, que se compone de dos partes: una ley estatutaria en la que se regule el derecho a la salud (acceso, servicios, entidades) y otra ordinaria que se encargue del lado más técnico en el que se gestionará ese derecho. Y suena bien. Lo que necesita la salud en Colombia es, justamente, una reforma estructural.

Lo que conocemos de los proyectos suena, en términos generales, positivo. Que exista un pagador único para el manejo centralizado de los recursos, como unidad de carácter financiero (los temas, afiliación, cotizaciones, administración de recursos, pagos, giros y transferencias), es una buena idea a la que sin embargo hay que sumarle la historia del Fosyga, para que no se repita. La ampliación del POS (Mi Plan, se llamará ahora) y la definición de unas exclusiones claras es algo que era necesario. Las EPS pasarán a ser “gestores de salud” y no manejarán ya dineros, sino que se dedicarán exclusivamente a su razón de ser: el servicio. Y sigue así la reforma, dentro de los nueve capítulos que la comprenden. Un ingente esfuerzo que sería bueno mirar con lupa en el Congreso.

Ha habido reacciones, sin duda. Es obvio que un proyecto tan ambicioso como este tiene muchas críticas. Dicen algunos pacientes, por ejemplo, que privatizar la prestación de un derecho fundamental es un error. No siempre. Digamos que el argumento queda vacío cuando se dice así, a la ligera, como en una especie de sentencia inapelable: un servicio puede prestarse con calidad, con vigilancia por parte del Estado, con talanqueras institucionales fuertes para que la corrupción no entre a dañarlo. Hecho bien da resultados y prospera. También se oyen las voces más técnicas moviendo las disposiciones de la ley, en su minucia, como si se tratara de una receta: si esto se hiciera así o asá, tal cosa mejoraría. Muy útil sería que esas voces se oyeran en su proporción debida, sin ir a plagar el proyecto de contradicciones, manteniendo su unidad de materia.

Falta, por ahora, el debate que surgirá del lado parlamentario. Esperamos, pues, que los congresistas con intereses en el sector de la salud se mantengan al margen, como para no llenar de micos absurdos el articulado. Es, de nuevo, la salud de los colombianos la que está en juego. Y la discusión de dos temas fundamentales: la antipática división entre régimen contributivo y subsidiado, como si hubiera ciudadanos de primera y segunda categoría, y el tema de la salud preventiva, atención primaria y promoción, elementos que, aunque transversales y ahorradores de dolores de cabeza innecesarios, han estado ausentes en este país durante un largo tiempo.

El presidente caminó hacia el Capitolio para dejar esta reforma. Se nota que, como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, es fundamental para el buen desarrollo de este país. Harto tiempo se demoró el Gobierno en cuadrarla. Habría que profundizar mucho más en ella. El 8 de abril se discutirá en la Cámara. Los ojos de toda Colombia deben estar pendientes de que un proyecto uniforme y sólido sea el que atraviese los pasos de ese debate.