¿Una manzana podrida?

¿Cómo podemos confiar en la transparencia del fútbol mundial si durante tantos años hubo un silencio cómplice con tantos sobornos multimillonarios? / Luis Ángel - El Espectador

Las confesiones de Luis Bedoya, expresidente de la Federación Colombiana de Fútbol, esta semana, a propósito del juicio en su contra por cargos de corrupción, recuerdan la pregunta que ha quedado en el aire con el escándalo: ¿qué tan arraigada está la corrupción en la dinámica del fútbol nacional y regional? ¿Se trata, acaso, de una sola manzana podrida en Colombia o qué no estamos viendo los aficionados?

Aunque desde que empezó el escándalo estaba claro que Bedoya había incurrido en comportamientos inapropiados, el juicio que se está realizando en Estados Unidos dejó varias frases del exdirigente para la historia penosa del fútbol colombiano y mundial. Ken Besinger, periodista de Buzzfeed, estuvo presente en las declaraciones de Bedoya durante el juicio y gracias a él tenemos esta información.

Primero, el exdirigente dijo que aceptó “sobornos aproximadamente desde 2007 hasta 2015”. En total, Bedoya estima que recibía unos US$3 millones en sobornos, que se sumaban a los US$660.000 al año que devengaba gracias a su trabajo en la Federación Colombiana de Fútbol, la Conmebol y la FIFA.

Segundo, Bedoya dijo que junto con los presidentes de las federaciones de Ecuador, Perú, Paraguay, Venezuela y Bolivia, acordaron un negocio con Mariano Jinkis, copropietario de Full Play, para que la empresa de marketing deportivo se adjudicara los derechos de transmisión de la Copa América 2011.

Tercero, dijo que Nike, a través de un oficial sin nombre, le ofreció un “pago personal” para vestir a la selección de Colombia, oferta que no aceptó. (La empresa emitió un comunicado diciendo que “se opone a cualquier forma de manipulación o soborno”).

Cuarto, habló de que les habrían ofrecido de US$10 millones a US$15 millones que se repartirían entre los presidentes de las federaciones de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay y Venezuela a cambio de los votos de Suramérica por celebrar el Mundial del 2022 en Catar.

Que la corrupción por parte de funcionarios de la FIFA sea ampliamente conocida no le quita la gravedad a lo que se está dando a conocer. Especialmente porque no sobra la pregunta: ¿qué más casos no estamos viendo? ¿Cómo podemos confiar en la transparencia del fútbol mundial si durante tantos años hubo un silencio cómplice con tantos sobornos multimillonarios?

Aunque en ningún momento Bedoya ha implicado a otros dirigentes colombianos, y la Federación de Fútbol ha sido clara en su rechazo a lo ocurrido, es inevitable la suspicacia: ¿se trata de la única manzana podrida en el país? Si la corrupción está tan sistematizada en el fútbol mundial, ¿no estamos viendo algo en lo local? Más importante aún: ¿cómo podemos garantizar la transparencia en un deporte manejado por entes privados, pero que tiene una importancia cultural esencial para la identidad del país?

De miras al Mundial de Rusia 2018, los aficionados no deberíamos evitar estas preguntas difíciles. Gracias a la pasión que despierta el fútbol se han creado incentivos para economías corruptas que llevaban muchos años sin ser destapadas. Esto importa, porque la ética no puede ser negociable en ningún aspecto de la sociedad, y porque el deporte debe ser un ejemplo de juego limpio.

 

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