Una marcha muy larga

A juicio del Gobierno, el día de hoy se aprobará en Estados Unidos el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre ese país y el nuestro. Una alianza económica de intercambio sin aranceles, que permitiría el ingreso de muchos productos estadounidenses, a precios bajos, al mercado nacional, y viceversa.

Un tema complejo que desde su firma en 2006 ha tenido una larga discusión y ha generado tanto la esperanza como la férrea oposición de grandes sectores. Incluso en Estados Unidos ha tenido críticas: los demócratas —más inclinados en el fondo hacia los intereses de su país, que de rebote nos benefician a nosotros— presentaron hace tiempo sus quejas por la muerte de sindicalistas y la desprotección laboral de nuestros trabajadores, luego de que la Escuela Nacional Sindical presentara sus quejas al gobierno estadounidense. Jorge Enrique Robledo, cabeza visible de la oposición al tema en Colombia, ha dicho en múltiples ocasiones que el TLC, tal y como está firmado, minaría en forma grave la industria textil nacional y el agro colombiano.

Temores que el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, retomó y dejó muy claros el pasado lunes, en su diálogo con la alianza informativa de Caracol Radio, Caracol Tv y El Espectador, con una frase contundente: “No estamos preparados”. Se refiere principalmente a los sectores del arroz y de la industria láctea, que no podrían competir ni en sueños con la poderosamente subsidiada industria del norte de América. Las miles de familias que se dedican a la producción de leche se verían afectadas en extremo. Es deber del Gobierno que esto no pase: la apertura comercial debe hacerse en condiciones justas, pensando en el futuro laboral y económico de nuestro país.

La agenda interna que se tenía para frenar los efectos negativos del TLC, sin embargo, se estancó, a juicio de los expertos, por cuenta de algunas políticas fallidas del gobierno anterior: el escándalo, aún vigente, por el mal diseño del programa Agro Ingreso Seguro, que si bien benefició a muchos campesinos productores, lo hizo a la vez y en montos inusitados con grandes terratenientes, todo, según ha concluido la Fiscalía, bajo un presunto beneficio electoral.

El tiempo corre. Y si la esperanza de Uribe, de Santos y de muchos colombianos de tener por fin este intercambio operando se hace realidad hoy, es necesario meterle una inyección muy grande al agro nacional para poder competir en condiciones justas. Pese a que el ministro de Agricultura diga de forma vehemente que el gobierno anterior cometió muchas ingenuidades a la hora de firmar algunos artículos, lo que toca es pensar a futuro.

Si, como el discurso oficial, aquí y allá, parece comprobarlo, el TLC es ya un hecho, es necesario trabajar para que tenga un aterrizaje suave. No sólo es cuestión de fortalecer la industria (para lo cual queda poco tiempo; Santos anunció el despegue de la política para inicios del 2012), sino también el capital humano, los derechos laborales, la propiedad intelectual y el respeto absoluto por los temas de consulta previa en materia indígena. Es un gran reto, sin duda.

El ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, una voz mucho más “liberal” en el tema, respondió a las críticas del jefe de la cartera de Agricultura con una metáfora ilustrativa: para aprender a nadar hay que zambullirse en el agua. Y es cierto, en buena medida. Sobre todo en materia económica hay que atreverse a dar saltos. El problema es que éstos no pueden ser al vacío: no se aprende a nadar con los brazos amarrados. Un TLC bien manejado trae beneficios para ambas naciones y ciertos sectores de la economía: el azúcar, las verduras, hortalizas, entre otros. Pero sin un manejo adecuado pueden diluirse las ventajas, por lo efectos catastróficos para algunos sectores muy importantes de la economía nacional.