Una puerta

Ya está radicado en el Congreso el proyecto de ley que busca, en últimas, usar el cannabis con fines medicinales. Harto es lo que se ha estudiado en el mundo acerca de las propiedades de esta planta, muy al margen de su uso recreacional y de todo el debate que en torno a ello se suscita a diario.

Y poco es lo que sabe Colombia al respecto, al carecer nosotros de estudios serios que permitan implementar este insumo en los programas de salud. Está más que bien que en este Congreso se debata, al menos, la facultad de investigar la planta para analizar sus propiedades eventuales en un tratamiento de salud.

Aún es incierto el apoyo del gobierno de Juan Manuel Santos a la iniciativa, pero bien podría dárselo y así estar a tono con los discursos que ha dado a lo largo de su mandato ante el mundo. Y si bien el presidente ha sido claro en que las iniciativas por la despenalización de las drogas no pueden partir de un país como Colombia, este pequeño paso (que ya han dado otras naciones, Estados Unidos incluido) puede enviar un mensaje importante a la comunidad internacional. Proviene de un país que ha sufrido los flagelos de la droga y su persecución.

Para poder discutir con altura esta medida, hace falta barrer el mucho palabrerío que abunda sobre el tema. No es el uso terapéutico de la marihuana (de sus derivados, por demás) lo que la va a volver adictiva y mucho menos abrir la puerta para que el usuario entre en el mundo oscuro de las adicciones a otras drogas. De eso se trata, justamente, el uso regulado: de saber en qué está el paciente, cuánto es lo que puede consumir, cuál es el rango de tolerancia que tiene a la sustancia. Cosas que hoy se desconocen. Y, abriendo el panorama, metiéndole luz a un asunto que está inmerso en la nada oscura, poder sacarle provecho.

El proyecto que proviene del liberalismo, en cabeza del senador Juan Manuel Galán, pretende que se haga efectivo el artículo 49 de la Constitución (que dice que “el porte y el consumo de sustancias estupefacientes está prohibido, salvo prescripción médica) y contiene cuatro artículos: en síntesis, busca autorizar “al Gobierno, el cultivo, cosecha y uso del cannabis con fines de investigación científica o para la elaboración de productos terapéuticos o medicinales”. Además dice que la aprobación de proyectos de investigación “relacionados con las cepas de cannabis”, así como la inclusión de direccionamientos pertinentes para su receta, será labor del Ministerio de Salud. Todo un esquema enfocado por el lado que siempre hemos defendido: la salud. Y no en este caso la salud de los consumidores, sino de personas que tengan algún otro tipo de enfermedad.

Claro que este debate debe ser nutrido. Y podría serlo, insistimos, si se eliminan los prejuicios que hay respecto al uso de la planta. Pero falta mucho: un entramado que, sistemáticamente, logre poner la investigación y el uso del cannabis en la salud en el foco de la escena. Necesita crearse todo un armazón institucional para que esta medida pueda llegar a ser una realidad seria. Y eso requiere una suma de todos los actores: jueces y policías, médicos y asistentes, técnicos del Ministerio de Salud y voluntad política. Este podría ser el primer paso. El debate está abierto. Ojalá llegue a buen puerto una iniciativa de la que puede sacarse provecho.

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