Una ventana nueva

Los aeropuertos internacionales de las grandes ciudades son una puerta para la inversión. Esto se sabe, no es ninguna verdad revelada. Los ojos de los inversores extranjeros se posan sobre esta primera impresión (donde, dice el conocimiento popular, reside todo) y empiezan a hacer variadas conjeturas: sobre el desarrollo, la infraestructura, los avances tecnológicos. Sobre si el país está en este siglo o se quedó en el pasado.

Nuestro aeropuerto internacional más importante, el tímido Eldorado de Bogotá, parecía uno del siglo pasado. Rudimentario, rústico, un tanto deteriorado en su infraestructura. Por eso resulta una buena noticia que las obras estén avanzando.

Tal vez se han demorado más de lo esperado, pero es sin duda positivo que hace un par de semanas se hayan entregado, por ejemplo, los 104.000 metros de la nueva terminal internacional. Aún falta, claro, que entre en operaciones en diciembre. Pero éste es sin duda un paso importante.

El Espectador tuvo conocimiento, de boca de Juan Pulido —presidente de la concesión— de algunos elementos que debe tener un aeropuerto para su eficiencia, más allá del tamaño, a saber: espacio aéreo, radioayuda, plataformas, eficiencia en las llegadas y salidas y sistema vial de acceso y de parqueos. Vistos por encima suenan a algo demasiado lógico: pero, restando los segundos y los minutos que cada una de estas mejoras implica, podría pasarse, por ejemplo, de 38 a 82 operaciones por hora entre despegues y aterrizajes. Es increíble lo que se logra con un poquito más de calidad en los controles y las normas.

Éste no es un dato menor. La congestión de los aeropuertos supone problemas para diversos sectores: en América Latina uno de cada tres vuelos parte de un aeropuerto congestionado. Ésta es una noticia nada alentadora para un gobierno que, como el de Colombia, no sólo quiere ampliar sus relaciones, sino también los niveles de un crecimiento que últimamente —por diversos factores— se han visto frenados.

Así que invertir en la infraestructura no suena tan descabellado. Otros países del hemisferio lo están haciendo y no sobra ponerse la difícil meta de igualar a los aeropuertos europeos o estadounidenses. Es casi una responsabilidad cuando, al mismo tiempo, se firman negocios con ellos a diestra y siniestra.

Quinientos millones de dólares se han invertido en las obras de Eldorado para dejarlo a punto. Aún falta mucho, sin embargo. Y el tiempo requerido para terminar todo el proyecto tiene unos plazos muy largos y cómodos: un año y medio más se demorará en surgir la terminal nacional, esa que quedará conectada con la que ya está lista para, así, poder transportar a un número mayor de pasajeros. También las obras pertinentes para comunicar todo este gran proyecto con la ciudad, con el fin de que haya una articulación total y una armonización de las obras que permitan tener un lugar eficiente para transportar pasajeros de todo tipo.

Quince años, se pone el directivo, para realizar lo que el aeropuerto requiera. Así que aún es temprano para cantar victoria. Sin embargo, vale la pena mencionar cómo, de manera gradual, se van dando una serie de avances importantes. Este tema, que a veces queda demasiado rezagado en los espacios de prensa, constituye una de las ventanas más importantes para el desarrollo. Por lo tanto, la veeduría que pueda hacerse a todo este largo proceso, así como el seguimiento atento, se convierte en un elemento fundamental y en una responsabilidad que podría, acaso, beneficiarnos a todos al largo plazo.

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