Unidad real

Ayer la ciudadanía cerró, por fin, una de las campañas presidenciales más controvertidas y agitadas (de las más repugnantes, también) que ha conocido este país en su historia reciente.

En medio de una polarización extrema en la que se sumió toda la opinión pública, el presidente Juan Manuel Santos, echando mano del apoyo de varios sectores políticos y de la carta del proceso de paz que está en curso, logró levantarse ganador tras una derrota en primera vuelta: casi 8 millones de colombianos lo respaldaron en esta ocasión, sacándole poco más de cinco puntos a su rival, Óscar Iván Zuluaga, del Centro Democrático.

Una porción del país se manifestó por una opción política: Juan Manuel Santos, cuya apuesta más grande es una salida negociada al conflicto armado con la guerrilla de las Farc. Parte de sus votos provienen, por supuesto, de esa propuesta y sus efectos: se trata, sobre todo, y resulta obvio, un mandato por la paz. Porque el proceso continúe como viene. Pero la paz, como lo vemos nosotros, solo puede construirse de una única forma.

Y hacia allá es donde pretende ir nuestro comentario editorial. Si nos fijamos en los resultados, aunque mucho menos de lo que creíamos, la elección sí fue apretada: 50 contra 45, en puntos porcentuales.
Números que reflejan la sociedad en la que vivimos: se trata de dos sectores que, pese a que se encuentren en muchos otros escenarios, no lo hacen así en el político. Ni en la concepción de buen gobierno, ni en los modelos y mecanismos para llegar a una paz negociada, ni tampoco en el entendimiento del talante que debe tener un líder de un país. Esas fueron, a grandes rasgos, las mayores discusiones que se suscitaron durante el último mes en Colombia. Si es que a ese contrapunteo de odio sordo se le puede llamar así. Y eso es, justamente, lo que debe cambiar. Y debe hacerlo, por supuesto, de la mano de los mismos líderes.

Ha ganado la democracia liberal y, bajo sus principios, lo único que nos puede unir es el respeto al otro. A dejarlo existir con su visión propia de la realidad. Y no solo eso, sino a oír su discurso y convertirlo en el diálogo constructivo de toda una nación. La idea, entonces, es que el presidente Juan Manuel Santos lidere la reconciliación, el sanamiento de las heridas colectivas y el fortalecimiento de la institucionalidad.
Claro que hoy existe oposición al mandatario electo. Pero el camino que eligió el presidente en su discurso, y que esperamos que cumpla, es el correcto: sin rencores, sin divisiones sectarias, reconociendo al rival político como tal, y no como a un enemigo. Porque mucho de lo que se decidió ayer tiene que ver con ese punto específico de la paz: nada de legítimo tendría un eventual acuerdo con la guerrilla de las Farc que no tenga en cuenta las preocupaciones de una parte de la sociedad. Y muy mal haría la oposición uribista en continuar denunciando el proceso de forma tan grandilocuente y efectista sin conocerlo en profundidad. Es hora de que se sienten a dialogar.

Nuestro llamado, entonces, es por la tolerancia. Por una unidad real. Harto ha tenido que sufrir este país como para que nos sigamos odiando (y matando) por tener concepciones del mundo distintas. La convivencia en paz de las ideas divergentes es el ánimo que debe pretender toda sociedad del siglo XXI. Ahora, la pregunta no es para el presidente (que puede estar seguro de que lo vigilaremos desde esta casa editorial, sobre todo en sus ejecutorias, como reformas a la salud, educación o justicia) sino para la sociedad toda: ¿seremos capaces de llegar a ese estado ideal? ¿O seguiremos por la senda del odio? Hoy, nosotros, políticos y ciudadanos, tenemos la palabra.

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