La UP, de vuelta

Se celebra hoy el congreso nacional de la Unión Patriótica (UP) con un mensaje claro que aboga por la paz de Colombia. Ellos quieren unidad en torno de ella y de la izquierda de este país.

 Gratificante, por decir lo menos. Un duro camino le ha tocado recorrer a esta colectividad para renacer el día de hoy, de manera formal, prácticamente desde las cenizas de su propia muerte, del plan criminal que se ejecutó en su contra.

Este movimiento de izquierda colombiano —probablemente el más emblemático en su historia— no sólo tuvo que ser testigo del exterminio de alrededor de 3.500 de sus militantes, entre ellos dos candidatos a la Presidencia que hicieron temblar a las fuerzas tradicionales (Jaime Pardo Leal, asesinado en una carretera, y Bernardo Jaramillo Ossa, a quien abatieron a tiros en el Puente Aéreo de Bogotá), además de atentados y amenazas de la extrema derecha. También tuvieron que afrontar la triste noticia de la pérdida de investidura por una resolución administrativa. El nombre del partido, ese elemento simbólico al que podían aferrarse sus seguidores, desapareció también. Sus malquerientes podían darse por satisfechos.

El Consejo de Estado, sin embargo, anuló en julio de este año dicha resolución. Desde estas páginas celebramos ese hecho por una cuestión de simple democracia: es más que saludable que en un momento histórico como el que vivimos ahora, un movimiento de este estilo vuelva a brillar. Y es refrescante, también, para la izquierda democrática de este país, gran parte de ella dividida por sus propios fantasmas internos.

Ahora hay que evitar que la historia se repita. El lunes de esta semana conmemoramos en estas líneas los 25 años de la masacre en Segovia, Antioquia, a manos de un grupo paramilitar comandado por Fidel Castaño, que entró a las malas al pueblo para castigarlo a fusil por el simple hecho de haber votado por una alcaldesa miembro de esa colectividad. ¿Habremos aprendido la lección? ¿Seremos capaces de darle vocería a la UP sin repetir los errores del pasado? ¿Los distintos sectores de la sociedad y el Estado serán tolerantes frente a ella? Estas preguntas, que provienen de un contexto de barbarie, son las que hay que hacerse en este momento. La visibilidad de los miembros de la UP, así como su protección, son una tarea inminente para este país.

Y la justicia también. Aída Avella, una de sus líderes políticas sobrevivientes, le dijo el miércoles a este diario que la situación ha mejorado un poco, justamente por este elemento. El reconocimiento del genocidio político en el caso de la condena a Herbert Veloza, alias H.H. es un comienzo, afirmó. Sin embargo, pese a que las cosas han mejorado en cuanto a la aceptación e inclusión de diferentes matices, no lo ha hecho “lo suficiente (como) para que podamos regresar por un tiempo muy largo”. Esto, a casi tres décadas de que todo sucediera, sigue doliendo mucho.

Sin embargo, lo de la UP es aún ejemplar. Enfrentar los temores y salir de nuevo, en un momento como este, de discusión de la paz con las Farc, es una señal de la esperanza. De lo que es posible en un país que se ha desangrado por cuenta de la guerra. Bienvenidos, que vuelvan, que enriquezcan el debate, que generen y se ganen espacios renovados de participación. Y la sociedad, por muy diferente que se piense de ellos, debe rodearlos y protegerlos. Hay que oírlos, lejos de las estigmatizaciones, y animarlos a que ejerzan sus derechos políticos recuperados.
Llega en hora buena una noticia como esta.

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