Venezuela y la fragmentación de la región

El problema es que la actitud de la administración Maduro no permite críticas ni está dispuesta a dar concesiones.

La Secretaría General de Ernesto Samper en Unasur termina con un sabor agridulce por la incapacidad de lograr que Venezuela modifique su actitud ante la crisis interna que tiene.

El fracaso institucional de Venezuela y el creciente autoritarismo demostrado por el presidente Nicolás Maduro no sólo han logrado afectar la legitimidad de la democracia del país vecino, sino que también, ahora que la crisis económica está en su peor momento, han diezmado a los organismos de integración regional en los que la influencia venezolana había sido protagonista.

La semana pasada, por ejemplo, se conoció a través de una carta que el expresidente de Colombia y actual secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), Ernesto Samper Pizano, no buscaría su reelección en ese organismo. Aunque Samper argumentó que se va, pues “a Colombia le llegó la hora de la paz y yo quiero estar en esa cita”, es ineludible ver que el balance de su gestión demuestra los problemas que surgen cuando la integración regional se supedita a los caprichos de un país particular.

Aún está en la memoria de la diplomacia colombiana el rol que cumplió Samper durante la crisis fronteriza entre Venezuela y Colombia cuando el presidente Maduro decidió, de manera unilateral, deportar a colombianos de escasos recursos y cerrar el paso entre los países. Ante las denuncias de atropellos contra los derechos humanos de los deportados y las imágenes de las personas cargando sus pertenencias sin tener a dónde llegar, Unasur, que era el organismo mejor posicionado para mediar, adoptó una neutralidad que en la práctica apoyó el actuar de Venezuela, Estado que aporta la mayor cantidad de recursos para su financiación.

Pero tal vez el fracaso más sonoro de la secretaría de Samper se dio dentro de Venezuela. Ante la crisis política que enfrenta ese país, fue Unasur quien apoyó que tres expresidentes (José Luis Rodríguez Zapatero, de España; Leonel Fernández, de República Dominicana, y Martín Torrijos, de Panamá) mediaran en un diálogo entre la oposición y el Gobierno. Fueron, como se sabe, infructuosos y quedó en evidencia la ineficiencia del organismo regional.

La culpa, por supuesto, no es exclusivamente de Samper y de los expresidentes. El problema es que la actitud de la administración Maduro no permite críticas ni está dispuesta a dar concesiones. Por eso también hay problemas en otros organismos.

Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), fue el primero en sonar las alarmas sobre la crisis venezolana, y la respuesta del presidente Maduro fue desprestigiar a la organización y mover para sabotear cualquier intento de tomar acciones políticas. Sin embargo, como ha perdido poder por los bajos precios del petróleo, y ante la determinación de Almagro, está en proceso la activación de la Carta Democrática en contra de Venezuela.

Finalmente, y aunque la canciller venezolana, Delcy Rodríguez, dijo ayer que Venezuela está ejerciendo plenamente la Presidencia pro témpore del Mercado Común del Sur (Mercosur), Paraguay, Argentina y la Brasil de Michel Temer han mostrado una oposición vehemente a permitir que ese país dirija el organismo comercial.

Unasur, la OEA y Mercosur están sufriendo la división que se produce cuando un país quiere hacer valer su voluntad por encima de cualquier consideración. A menos que algo cambie en Venezuela, el sueño chavista de la integración regional, que ha mostrado sus réditos en el pasado, está condenado al fracaso.

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