Volver al glifosato es un error

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Si el Gobierno Nacional se encuentra orgulloso de los resultados obtenidos en la erradicación de hectáreas de hoja de coca, ¿por qué insistir en volver a utilizar el glifosato, con todos los costos sociales, ambientales y económicos que eso implica?

Esa es la pregunta que se desprende necesariamente de la última rendición de cuentas hecha por el presidente de la República, Iván Duque. Acompañado por miembros de su gabinete, la semana pasada el mandatario aseguró que en 2019 se erradicaron 100.000 hectáreas de coca y que, como cifra récord, 94.000 de estas fueron arrancadas manualmente por equipos de erradicadores de la Fuerza Pública.

No se trata de un logro menor. El crecimiento de los cultivos de hoja de coca en los últimos años pareció estar acompañado de la incapacidad del Gobierno para reaccionar, empezando con la administración de Juan Manuel Santos. Al llegar a la Casa de Nariño, el presidente Duque se comprometió a redoblar esfuerzos. Los resultados saltan a la vista y es necesario celebrarlos. Combatir el narcotráfico debe ser una prioridad nacional si queremos que el Estado tenga el control de todo el territorio.

Ahora que la Fuerza Pública tiene una cifra tan impresionante para mostrar, queda en evidencia que los discursos sobre la urgencia manifiesta de violar el principio de precaución para utilizar de nuevo el glifosato han sido, cuando menos, exagerados.

El Gobierno ha hecho varias maromas retóricas para decir que no se está fallando al principio de precaución, si hay una manera de controlar los riesgos de salud y del medioambiente que vienen con el glifosato. Pero, como escribió Julio Carrizosa en su columna para El Espectador, “se multiplican en el resto del mundo las demandas de quienes consideran que tienen cáncer porque usaron glifosato en la agricultura o en la jardinería”. Además, retomar las fumigaciones es entrar en conflicto directo con las comunidades cuya confianza el Gobierno necesita para vencer la influencia de los carteles de la droga.

¿Para qué glifosato si la erradicación manual está dando resultados? ¿Para qué glifosato si los programas de sustitución tienen mejores tasas de control de la resiembra y reparan el tejido social? ¿Para qué glifosato si durante tantos años lo usamos, con efectos perversos para nuestros campesinos, y no fue suficiente para eliminar los cultivos de hoja de coca?

El 30 de diciembre, el Ministerio de Justicia publicó el borrador del decreto que reglamenta la utilización del glifosato. Estados Unidos, a través de su embajada, dijo que “acoge con beneplácito la publicación por parte del gobierno Duque de su proyecto de decreto en el que se detalla cómo se cumpliría con las estrictas condiciones de salud y ambientales establecidas por la Corte Constitucional”. Parece inevitable, entonces, que en Colombia se vuelva a fumigar. No ha ayudado la indebida e insensata presión desde la Casa Blanca.

Mientras el Gobierno camina hacia el error, queda el sinsabor de que el mundo está en mora de cambiar radicalmente su estrategia antidrogas. ¿Cuántos errores más tendrán que cometerse, y a qué precio, para entrar en razón?

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