Votar y entender

Hoy se definirá quién va a ser el presidente de Colombia durante los próximos cuatro años. Si la reelección de Juan Manuel Santos o la propuesta de Óscar Iván Zuluaga.

 Pocas veces en la historia reciente de este país ha habido una campaña electoral tan acalorada como esta: desde la ausencia de debates en la primera vuelta (bastante criticada por la ciudadanía), hasta la seguidilla de escándalos judiciales de los que aún somos testigos hoy. Y, pese a que la sociedad se siente dividida y la opinión pública se ha pronunciado casi que exclusivamente sobre este tema durante las últimas semanas, un arrasador abstencionismo atacó la democracia el pasado 25 de mayo.

No podemos permitirlo como ciudadanos. Esa no es la forma correcta de canalizar la indignación que se siente. Ese no es el camino por medio del cual pueda hacerse efectiva una opinión de rechazo. La forma correcta es lo que la democracia concede: el voto. Desde esta casa editorial promovemos la idea de ir y votar. Por el que sea, por demás. Aún hay tiempo, lo hemos dicho, para organizar en la cabeza cuál de los dos candidatos es el que mejor representa la visión del mundo y del país de cada quien. O ninguno, también, cosa que podría redundar en un voto contrario a ellos dos, como es la opción de elegir el blanco. Este último —no sobra decirlo para quien no lo sepa— no tendría ningún efecto práctico en la elección de hoy. Pero es una opción bastante válida. La democracia representativa está diseñada para eso: para sentar una posición a gran escala. De nada sirve, en fin, quedarse en la casa. Nada se condensa allí. No hay en eso ningún efecto simbólico mucho más allá de la apatía misma, que se esfuma por sí sola.

Pero hay que decir algo con toda contundencia: aparte de votar hay que entender. Hay que respetar las formas de la democracia que, preservándose, son las que le dan sentido a nuestro sistema. Cualquier candidato que pierda debe aceptar la legitimidad del proceso y la institucionalidad que se ve representada en un evento como el de hoy. Y la sociedad, más que encenderse en odio, debe ser tolerante con el otro. Debe permitirle su expresión y debatir con él antes que pensar en callarlo. Solo así se construye un país.

Este es un momento de la historia como pocos: es decisivo. Lo han calificado así expertos de todos los sectores y las tendencias políticas. En este país se deciden hoy dos modelos de gobierno que tienen concepciones distintas (a veces de matices, otras veces muy profundas) de la forma misma de ejercer ese gobierno. Cada candidato lo ha dicho hasta la saciedad en los debates de los que hemos sido testigos en estos últimos días. Tanto de cada uno como de su rival.

Ya no es solo, entonces, una cuestión de buenos perdedores que acepten la derrota con la dignidad y la altura que sus posiciones exigen. Es ser, también, grandes en la victoria. Las encuestas lo dicen y no creemos que la cosa sea muy diferente hoy en la realidad: la brecha que hay entre uno y otro es muy corta. Así como representan dos tendencias distintas, también a dos sectores de la sociedad que viven una confrontación que raya ya en la intolerancia. ¿Cómo hará el ganador para congregar a ese país que se le opone? ¿Qué proceso es el que va a hacer para integrar a los sectores que se le oponen, a los que lo desconocen, a los que todo esto les es indiferente? Llegó la hora de integrarnos como sociedad. Votar, sí. Pero entender, también.

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