Vulnerables a largo plazo

El presidente Juan Manuel Santos comenzó sus primeros cuatro años de gobierno maldiciendo un fenómeno climático: el de la Niña, cuyas lluvias arrasaron con el porvenir de poblaciones enteras a lo largo del país.

La ayuda humanitaria, las medidas paliativas, los suministros, los discursos, todo eso, vino a la par. Hoy, casi cuatro años después, vivimos el extremo climático contrario: el Niño, con su sequía, igual de arrasadora, que deja sin agua a los habitantes de Colombia. Y presenciamos, por supuesto, todo lo demás: tanto las medidas paliativas como los discursos extendidos. Las ayudas humanitarias, que se dan en medio de la tragedia, muestran de forma evidente la vulnerabilidad del territorio colombiano frente a los giros que vienen por cuenta del cambio climático.

Cuatro años para que dos fenómenos opuestos se sucedan el uno al otro es un tiempo relativamente corto aunque no inusual. Y los científicos que saben de esto ya han dicho que la variación del clima no sólo continuará sino que se acentuará. Y por lo que hemos visto y vivido, ya deberíamos estar preparados para cosas de este tipo. Pero no.

Es evidente que la planeación a largo plazo no es una característica muy colombiana. Desde hace varias décadas, entre los muy patéticos mitos que trataban de desvirtuar la existencia de los hechos, el calentamiento global fue anunciado al mundo. Y si bien no es totalmente razonable juzgar por qué no ha habido políticas públicas fuertes desde entonces, sí lo es, por lo menos, en lo que llevamos de 10 años para acá. Muchas tragedias humanas pudimos haber evitado. Mucho cuidado pudimos haber tenido en este tiempo: no poner fábricas en las cuencas de los ríos, impedir la sedimentación, planear el territorio de ocupación humana desde la perspectiva del cuidado ambiental, cuidar los humedales, impedir la tala indiscriminada de bosques. Eso hubiera evitado efectos colaterales: la contaminación del agua, que hoy hace falta, las inundaciones y la destrucción de las viviendas, entre otras.

Incluso las medidas que se toman en la emergencia pueden ser contrarias a la adaptación a largo plazo. Un solo ejemplo explica la realidad total: el quinto Informe Nacional sobre el estado de la biodiversidad hace notar que en la laguna de Fúquene hay muy poca flexibilidad en el sistema de producción de leche. La sequía de 2009, que antecedió los excesos hídricos de 2010, trajo la muerte del ganado y, al final, en la pasada Niña, se produjo el colapso del sistema productivo entero. La nutrición pendiendo de un hilo.

Pero hay más: algo realmente grave, y muestra de lo caricaturesco de nuestra realidad, es que gran parte de la inversión que vino después del desastre invernal estuvo dirigida a aumentar la capacidad de drenaje de la laguna. Bien por unos días, sí, pero catastrófico para un eventual Niño, durante el cual podría terminar secándose.

Y ejemplos así pueden buscarse en casi cualquier lugar del territorio colombiano. Claro que es necesario atender inmediatamente a las personas que están sufriendo en carne propia los efectos de los tiempos secos que nos cubren, pero ya llegó la hora de que una parte del Gobierno pare y piense cuál es el plan a largo plazo para convertir el territorio colombiano en uno menos vulnerable y que evitará que los cambios del clima no generen tragedias humanas de grandes proporciones. Ya no más vulnerabilidad a largo plazo. Es hora de acabar este círculo vicioso.

 

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