¿Y de la economía qué?

En los últimos días la atención del país ha estado concentrada en el escándalo de la fallida reforma a la justicia.

Las demás noticias y acontecimientos han pasado a un segundo plano. Las noticias económicas, en particular, parecen secundarias. Casi superfluas. Pero no debería ser así. La economía colombiana está desacelerándose mucho más rápido de lo esperado. La coyuntura internacional está tornándose cada vez más adversa. El Banco Mundial llamó la atención recientemente sobre la pérdida de dinamismo del sector productivo. Las cifras del primer trimestre, reveladas por el DANE hace dos semanas, son aceptables pero dejan entrever, desde ya, muchas vulnerabilidades. Cabe, entonces, plantear a las autoridades económicas una serie de preguntas sobre el presente y el futuro de la economía colombiana.

¿No miran con preocupación el estancamiento de la industria y la agricultura? ¿No consideran, en particular, que la situación del sector agrícola, ya de por sí preocupante hace dos años, ha empeorado en lugar de mejorar? ¿Tienen algún diagnóstico preciso sobre la crisis estructural del sector agropecuario? ¿No creen que la revaluación ha comenzado ya a afectar adversamente algunos sectores? ¿Qué opinan de los despidos masivos de cientos de trabajadores de la industria textil?

¿Han estudiado con detenimiento lo que está ocurriendo en Brasil? ¿No les preocupa que, como ya está ocurriendo en este país, la expansión del crédito de consumo lleve a un deterioro súbito y sustancial de la cartera? ¿Han leído los últimos análisis de la prensa internacional que advierten, de manera ominosa, que una caída en el precio de las materias primas podría acabar de una vez por todas con el momento mágico de Brasil? ¿Piensan que algo parecido puede ocurrir en Colombia? ¿Estamos también cerca del fin de nuestro momento mágico? ¿Qué podría pasar si el precio de un barril de petróleo cae por debajo de los 70 dólares? ¿O de los 60? ¿Podría el derrumbe en el precio de las materias primas descarrilar la locomotora minera, la única que avanza a toda marcha?

¿No consideran, adicionalmente, que la parálisis de la llamada locomotora de la infraestructura es especialmente infortunada? ¿Puede explicarse la caída reciente de las obras civiles a partir de factores meramente coyunturales, los problemas de ejecución de los gobiernos locales y de Ecopetrol, por ejemplo?

¿O alternativamente podrían existir problemas estructurales, asociados, entre otras cosas, con las licencias ambientales y las consultas con las comunidades que el Gobierno no ha podido resolver? ¿Arrancará algún día la locomotora de la infraestructura?

¿Creen que, en medio de tanta incertidumbre internacional, tiene justificación presentar una reforma tributaria arriesgada que disminuye sustancialmente el impuesto de renta a las empresas? ¿O consideran, mejor, que su presentación debe ser ahora y no más adelante cuando las urgencias electorales sean más evidentes y determinantes? ¿Consideran que la nueva realidad política obliga a redefinir la agenda económica?

En fin, las preguntas son muchas. Y sus respuestas son probablemente cada vez más urgentes. Superada la crisis política, el Gobierno tendrá que enfrentar un problema cada vez más complejo, el de las dificultades y las angustias económicas. Esperemos que responda de la mejor manera.

 

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