¿Y si seguimos?

Este equipo de José Pékerman tiene algo que encanta. “Juega como los ángeles, fresca, divertida y armónica, dulce y nada empalagosa, venenosa cuando ataca, tensa cuando defiende, deliciosa con la pelota, nueva reina de Maracaná”, como escribió, en su crónica del triunfo histórico de Colombia este sábado sobre Uruguay, Ramón Besa en El País de España. Y ahí nos tiene por primera vez en nuestra historia en los cuartos de final de un Mundial de Fútbol, invictos con marca perfecta, con el goleador de la Copa y con serias razones para seguir soñando con más.

Pero este equipo es mucho más que buen fútbol y ejemplo de liderazgo deportivo. Y en eso hay una gran diferencia con aquel otro gran equipo que también hizo historia en los noventa, pero que, habiendo podido dar mucho más, terminó enredado con lo peor de nuestra realidad de aquel momento —que tampoco es que sea tan diferente— y acabó fracasando. Frente a esas presiones reales, de las amistades peligrosas y de las no tanto, también las económicas particulares, individuales de los propios deportistas, del mismo periodismo, en fin, todos aquellos elementos ajenos al fútbol pero siempre al acecho que destruyeron aquel viejo sueño —porque vaya si también soñamos entonces—, de todo eso este equipo ha sido protegido desde diversos liderazgos, comenzando por el del director técnico extranjero, y eso no sólo ha permitido el éxito deportivo sino la unión nacional.

El bus que transporta en Brasil a estos muchachos lleva plasmada una frase que en otro contexto podría no ser más que otra muestra de nuestra exuberante retórica emocional, pero que en este caso es más que cierta: “Aquí no viaja un equipo, viaja todo un país”. Y eso, más allá de si podemos o no ganarle al anfitrión y seguir de largo el próximo viernes en Fortaleza —fútbol, concentración y liderazgo hay de sobra, pero cuando ya se llega a estas instancias puede pasar cualquier cosa que lo cambie todo—, más allá de eso, decimos, está lo que ha logrado este equipo para la nación. Y eso sí que deberíamos protegerlo para el día, lejos esté, en que llegue la derrota deportiva, que ya llegará.

Porque este equipo fabuloso haciendo maravillas en el Mundial de fútbol en este preciso momento del país es una muy feliz coincidencia. Como si a los astros les faltara mayor alineamiento, justo cuando una campaña electoral recia, sucia, desleal, había conseguido separarnos al extremo en un camino que parecía sin retorno, llega este equipo a integrarnos de nuevo y hacernos soñar también en que este país es capaz de encontrar y defender y apoyar propósitos comunes en medio de nuestras diferencias. ¡Cuánto necesitaba esta sociedad de un foco de unión como el que estos muchachos han generado con su trabajo y su actitud!

Con todo, si en lo deportivo, pase lo que pase de aquí en adelante en el Mundial, ya podemos cantar victoria, a todos como sociedad nos falta mucho todavía para transformar esa unidad de hoy alrededor del equipo en un propósito de país. Nos conocemos, y aunque confiamos en que de aquí puede surgir una verdadera transformación, también debemos aceptar que quepan dudas. Sería lamentable que todo esto apenas fuera porque estamos en la cresta de la ola triunfalista y que una vez rompa esa ola, a la primera derrota, regresaremos a nuestra naturaleza destructiva y polarizante. El hecho mismo de que, mientras nuestra selección da ejemplo al mundo en Brasil, aquí no seamos capaces de celebrarlo sin violencia no llama a la esperanza, ciertamente.

Pero ha logrado tanto este equipo que quizás consiga también que nos pongamos todos los colombianos a su altura. Como lo han demostrado ellos, requiere de trabajo y compromiso. ¡Claro que podemos seguir de largo! Y no sólo en Fortaleza detrás de un balón.

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