Ya están perdiendo

El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha calificado como una “cruzada ideológica” en su contra todo este asunto del cierre del gobierno y sus agencias federales. Tiene razón. No es nada nuevo, por demás. Eso fue lo que prometieron (y que llevaron a sus últimas consecuencias) los más radicales sectores del Partido Republicano, representados ellos en el bien conocido Tea Party.

 Bueno, aquí les están cumpliendo sin dilación a sus electores. Ya se aseguraron los votos de la próxima legislatura. Ellos individualmente. Eso sí, el Partido Republicano, como cosa ya colectiva, se derriba en las encuestas ante el pueblo que representa.

La cosa, simple, es así: Obama prometió su reforma a la salud  —bandera de su gobierno— y para eso necesitaba la aprobación de un presupuesto general. Que no, dijeron en el Congreso algunos miembros del Partido Republicano y todos los cruzados del Tea Party. Por cosas de ideología, no es mentira: ellos no quieren el plan del presidente y prometieron que no pasaría.

El Obamacare, como es conocido allá, se sale de las normas del mercado y va directamente enfocado a ayudar a la población estadounidense. Entre ellos, y eso les molesta a los retrógradas de ese país, una gran porción de ciudadanos extranjeros.

Sin presupuesto en la mano, sin una ampliación del tope de la deuda, lo protocolario era empezar a cerrar las agencias del gobierno. Ese es el costo que ve el presidente en todo este tire y afloje. Por ahora, es un problema parcial: museos, parques nacionales, en fin, cosas que no son imprescindibles. Pero que se sienten.

Ahí está la gran división del Congreso estadounidense. Ahí es donde puede vislumbrarse con perplejidad la crisis de gobernabilidad que hay en el país del norte. Porque el Obamacare puede pasar en el Senado, pero llega a la Cámara y se hunde. Desde allí lo modifican y lo envían de rebote; pero lo devuelven, porque llegó por mucho menos de lo que su espíritu merece. Este es un juego en el que pierde, en últimas, la ciudadanía.

Llegó la hora, sin embargo, de transar. Todos lo saben. Así lo confirma el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner —un republicano—, quien está dispuesto a clavarse el cuchillo: satisfacer a los radicales de su partido por un tiempo, pero después diseñar una fórmula de transacción que no mantenga al país paralizado. Una especie de solución que permita a los republicanos —a todos, ahora sí— lavarse la cara y resurgir de nuevo con una imagen ante la ciudadanía.

Es decir, el camino más conveniente es que el Partido Republicano tenga que jugar por un tiempo al radicalismo y luego resolver la gran división que viven en su interior porque, valga repetirlo, su imagen se desploma en las encuestas. Puede que los sectores más retrógrados de la sociedad estadounidense estén contentos, pero no así la mayoría. Y eso lo deben tener bien claro cuando den su próximo paso.

Todo por motivos electorales, sea pues, pero que no mantengan a la sociedad inconforme, dándole largas a la insatisfacción generalizada. De nuevo, ese es el juego de ajedrez que está viendo Obama en este momento. Vamos a ver si se mantiene firme en esta postura, que arriesgada, sí, pero puede dar sus frutos.

Los republicanos deberán resolver su conflicto interno, generar una medida de transacción y, finalmente, lograr un consenso. El reloj está en contra porque, claramente, ya van perdiendo.

 

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