Eduardo Cifuentes

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Cuando un amigo utilizó hace poco la palabra “integérrimo” en un trabajo de su especialización, el profesor anotó que el término es un arcaísmo. No es cierto. Otra cosa es que ya muy pocas personas en las esferas de los poderes públicos merezcan el calificativo. Pero hay uno que ha estado recientemente en las noticias, Eduardo Cifuentes, nombrado presidente de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), de quien sí se puede afirmar sin temor a equivocaciones que es un hombre integérrimo, es decir, recto, probo e intachable.

Tuvo Colombia varias figuras integérrimas, como Alfonso Reyes Echandía y Enrique Low Murtra en la magistratura y Guillermo Cano en el periodismo. Eduardo Cifuentes combina la probidad a toda prueba con la competencia y la capacidad profesional, como debería ocurrir siempre con los altos funcionarios del Estado. Su versación jurídica ha sido aclamada desde cuando fue magistrado de la Corte Constitucional durante nueve años. Hay excelentes juristas que se vuelven esquivos a la hora de aplicar los principios en las providencias. No es el caso de Cifuentes, padre de la jurisprudencia sobre el mínimo vital —o derecho a la subsistencia digna—, que gracias a él se puede proteger por medio de la tutela.

Cifuentes fue defensor del Pueblo, cargo en que ejerció un magisterio moral, cuya importancia no se puede descontar en un país donde pululan los apóstoles del fanatismo, la ignorancia y la estridencia. Se sabe que fue decano de Derecho en la Universidad de los Andes, donde estudió. Pero no se menciona casi nunca que hace 40 años, cuando inició su carrera pública como jefe de la oficina jurídica de la Comisión Nacional de Valores, fueron él y don Hernán Echavarría Olózaga quienes investigaron, sin que les temblara la mano, las fechorías del Grupo Grancolombiano de Jaime Michelsen Uribe.

Muy pocas personas con las luces de Cifuentes se dedican toda la vida al servicio público, porque la competencia que encuentran en su derredor los asquea por la politización, la frivolidad, la corrupción y la incompetencia. Él ha prestado un eminente servicio público. Ninguna actuación suya en cuatro decenios podría ser sometida a la más mínima reprobación. Es el servidor público ejemplar. Ha faltado en la prensa la exaltación de su dechado. Así como el cartel de la toga reveló que magistrados de la Corte Suprema de Justicia negociaban el archivo de expedientes penales por $6.000 millones que luego, con los respectivos descuentos, quedaban en $2.000 millones, y sin duda se debía informar profusamente sobre ese baldón histórico del Poder Judicial, es misión de los medios de comunicación resaltar los nombres de los magistrados y altos servidores del Estado que por el contrario son honra y prez de Colombia.

Cuando Cifuentes fue nombrado presidente de la JEP, una noticia de El Tiempo tituló preguntándose: “¿Quién es Eduardo Cifuentes?”. ¡Por Dios! No se les hubiera ocurrido titular quién es James Rodríguez cuando el cucuteño ingresó al Everton. Una persona cuya distinguida hoja de vida de servicios al país se remonta a 1980 debería ser conocida, gracias a los medios de comunicación, como alguien que genera confianza en cualquier cargo, por su talento y, sobre todo, por su independencia. En un país donde tantos se dejan manosear, se doblan ante los puestos y se inclinan ante las conveniencias o los apetitos burocráticos, Eduardo Cifuentes ha conservado la independencia de criterio en todos los cargos. Eso sí, se ha plegado siempre ante la majestad de la ley.

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